“Resistir su esquizopatriotismo”. Opinión de José Carlos Henríquez

Tanto el fanatismo futbolero como el religioso, pueden ser comparables con el patriotismo repentino que le surge a la “suciedad chilena” durante estos días cuando se dice Perú, mar y limite. El sentido de propiedad más esa fascista ilusión de patria que hincha el pecho de algunos, exigiendo la expulsión, incluso, de nuestros peruanos en Chile, me provoca náusea. Una náusea similar a la que puede provocar un carabinero cuando te desnuda en la comisaria sólo porque su violencia es legitima, esa misma náusea cuando me doy cuenta -desde cuarto básico- que las peleas de tierra, mar y cielo sólo son entre los mismos poderosos y de nadie más.

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 Nos quieren hacer comer del ají que ellos evitan. No les gusta el ardor de los malos negocios que han hecho y, como siempre, la historia humana quiere verse dañada de la mano de enfrentamientos fanáticos entre la misma gente pobre que nada tenemos que ver con esos malos negocios retroactuales. Yo no podría sentirme chileno. Ya me parece hasta de mal gusto tan sólo pintar una bandera en mi memoria, menos podría levantar una y gritar que viva un país que sostiene tal ilusión fascista.

Mi nacionalidad es trans y es esa contradicción de no querer nación, pero transitarlas en la fuga cortopunzante de no sentirme parte de ninguna en particular, faltándole el respeto,  mi resistencia. Transfronterizo y transmarítimo, pero jamás patriótico. Demasiada masculinidad, mucho color militar y esa fúnebre marcha guíada por símbolos burgueses y bélicos.

Siempre he deseado el mar para Bolivia, tengo muy claro todo lo que Chile le ha robado a Perú y que los dueños de este país hace rato debieron haber arreglado cuentas con los vecinos. Sin embargo, Chile es la prostituta latinoamericana preferida de EE.UU. con las piernas muy bien abiertas, lubricada hasta el hartazgo, siempre dispuesta a ser penetrada y rasgada, si es necesario, para mantener su hambriento deseo capitalista de contaminarlo todo. Cuando Latinoamérica quiere unirse por la creación de nuevos imaginarios anticapitalistas, Chile y su servil prostitución surge para nuevamente permitir que EE.UU. siga experimentando con este laboratorio del sur que tan útil le ha sido.

Yo aborto la patria porque no creo en la legitimación de su terrorismo. Abortar la patria porque no quiero ser chileno ni peruano ni boliviano ni argentino; aborto la patria porque simplemente no es esa identidad -ni cualquier otra- la que le da un sentido a mi vida. Somos una multiplicidad de subjetividades colectivizadas, en constante individualización y despolitización. Nuestra preocupación no debiera ser si Perú o si Chile o si Bolivia, sino que mantener nuestra resistencia siempre en colectivo, transfronterizamente -insisto: transfronterizamente– y politizarnos cada vez más. No se trata de la neoliberal idea de una América Latina unida al estilo europeo, sino que ,quizás, se trata de todo nuestro resentimiento en común, de esas fronteras que debiéramos desconfiar y la necesidad de ponernos en el lugar del otro.

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Tengo claro que no todos pensamos y sentimos igual; para obviedades no gasto palabras. Tengo claro que el fascismo de cada día brilla tanto en los abusadores como en ciertos abusados, que la comodidad capitalista ha pasado a formar parte compleja de cada estilo de vida. Yo no pretendo lo policiaco cuando opino, mi crítica no es ser un guardia paranoico, así que continúe con su patriotismo esquizofrénico, neoliberal y servil. Planche su banderita chilena que guarda en su hogar, exhíbala al vecindario y continúe obedeciéndole al patrón globalizado que sólo nos quiere esquizofrénicamente patriotas para defender, y nada más que defender, esos intereses puestos en el cielo, tierra y mar solamente útiles para su hambriento deseo capitalista.

Somos un sur en venta. Nuestra vitrina inclusivista en esta neoliberal feria de variedades, obligándonos a prostituirnos por una cantidad de privilegios siempre a cambio del control absoluto de nuestro tecno-cuerpo, farmacológica y, sobre todo, pornográficamente, bajo el foco de este espectáculo nacional, nos tienen etiquetados con un precio levemente transable, nunca a favor del vendido, sino que en amplia ventaja al explotador sexual. Somos la sexualidad en oferta. Identidades variopintas para escoger y llevarlas, cocidas con alambre a nuestros pliegues, ojalá, por y para ellos, sin la posibilidad de un despliegue mismo, múltiple quizás, al antojo de cada uno; y, a pesar de esto, nos designan una nacionalidad que ni si quiera nos ha calmado el hambre. Una identidad patriótica que sólo nos mantiene subyugados a la tramposa sobreprotección de un Estado cristianocapitalista.

Chile es una mentira mal hecha. La falta de creatividad en sus dueños se evidencia cada vez que la única diplomacia es lloriquear por unos kilómetros de mar, por una medida global que, según los poderosos implicados, podría perjudicar la integridad nacional. El daño ha sido una costumbre nuestra desde hace siglos. No estamos conociendo un nuevo fallo de la institución sobre nuestros cuerpos. Son nuestros cuerpos los que deben –deber dictado por sus normas despolitizadoras- imaginarse nuevas formas de resistencia cada vez más cortopunzantes, al filo de la amenaza, a ese descontrol que sólo atente contra sus pretensiones burguesas de llenarnos de ese fanatismo hipermasculinizado respecto a la identidad patriótica en constante disputa con quienes realmente debiéramos estar contagiándonos de redes de deseo movilizador, sin respetos ni individualismos disfrazados de pacifismo, contradictoriamente, que promuevan el odio a otras personas de tonalidades de piel, acentos afuerinos, víctimas de la misma subyugación a la que nos obliga la identidad chilena, en este caso.

Somos sus consumidores favoritos. Lo fuimos experimentalmente durante la dictadura militar y hoy, a sus malditos 40 años del Golpe, la gente sigue sintiendo la sangre arder cuando una propiedad, ni si quiera propia de los pueblos a la fuerza asignados chilenos, se ve amenazada de la intervención de otros. Sienten suyo el dolor del patrón. Se preocupan sobremanera de las pérdidas de la oficialista burguesía siempre sedienta de más fluidos neoliberales. No es curioso que gente de clase baja se hinche de rabia y orgullo por ese mar supuestamente ganado con ese límite que divide Chile de Perú –o viceversa-, reafirmándonos un imaginario cada vez más bélico, aterrorizado, casi en shock para luego, simplemente, embetunarse un poco de lubricante y, aunque duela por la poca lubricación, meternos su gran falo ansioso de más cuerpos penetrables, identificables y seducidos por su orden y debilucha ilusión nacionalista multicultural. A Chile siempre le duele en realidad, pero sus dueños están acostumbrados y agradecidos de tanto fluido expulsado violentamente entre sus entrañas.

Yo sólo continúo con la nausea. El hartazgo de sus solemnidades me tiene cómicamente resentido, pero resentido al fin y al cabo. La náusea es cuando huelo fascismo popular –porque hay fragmentos del pueblo muy serviles al placer capitalista- y escucho o leo en Facebook posteos que sólo relinchan a propósito de la propiedad no propia de un Chile que ejercita cada vez mejor y se vuelve la cortesana más aplicada del imperio postmoderno del norte.

Nosotrxs no tenemos nada que perder. Hemos perdido históricamente y ahora sólo nos queda contratacar ¿Cómo contratacar una fuerza camaleónica que sólo nos quiere succionar y rellenar una y cientos de veces sin darnos la posibilidad de un afuera para sanarnos un poco de su trastorno sistémico en tiempos donde hasta nuestra poética del resentimiento se ve infectada por sus códigos microfascitas? ¿Se puede prescindir de la patria sin caer en el caricaturezco miedo a un caos sin cabezas ni agua potable? ¿De cuánto nos han servido los monumentos levantados en honor a una bandera tricolor? ¿Estamos conformes con este esquizopatriotismo que sólo nos provoca la individulización, entregándole al poder global toda nuestra satisfacción reducida a símbolos fascistas y nociones retrogradas? ¿Dónde está el progreso de esta sobrevalorada democracia si sólo se quiere mantener una autoridad negociada –tranfugamente negociada- por sobre un, ojalá, eterno subalterno que no quiera desinteresarse de esos tramposos privilegios que, insisto, sólo siguen aventajando a los que desde el principio de esta mala jugada, han deseado seguir aventajándose desesperadamente y con todo en supuesto e iluso control.

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Pero tenemos el impulso político de la fuga. Nuestra ambigüedad transfronteriza puede ser una resistencia (o parte de otras resistencias colectivizadas) para poder sobrevivir un tiempo más, hasta que se nos canse el cuerpo de tanto ponerlo en la lucha que parece siempre reprimir mejor y más sofisticadamente. La caricatura del barbudo o la bigotuda antisistema que sueña con una comunidad aislada del capitalismo contemporáneo sólo debe ser la burda ilusión que ellos tienen de nosotrxs. Quizás se imaginan, pero se obligan a pensarnos obedientes y están convencidos –justamente convencidos, a mi pesar- de que varios plancharán perfectamente su banderita chilena para asegurarse una medidas cartográficas que no sirven nada más que para acrecentar el poder de los poderosos. Nosotrxs sabemos que estamos en constante venta por ese deseo esquizopatriotico neoliberal, pero nos intentamos robar y reapropiar de nuestro odio neutralizado por sus ofertas belicas tinturadas de burguesía democrática, haciendo de nuestro cuerpo, si quiera –ya que, al parecer, nos pertenece- un campo de batalla, pero no contra otros pueblos sino de su control paternalista vestido de verde militar que sólo nos dice “Con orden y calma”.

La guerra marítima ha sido una leyenda. Nuestra guerra a enfrentar está en esta identidad patriota que nos han metido por el recto, a costa de fisuras y sangramientos oceánicos. Los fusiles están en sus manos; está claro donde anida el terrorismo y, justamente nosotrxs, mapuches, peruanos, chilenos, bolivianos, no somos los que presionan del gatillo sin antes mirarnos el puño enrabiado, nada más que el puño enrabiado en la mentirosa vulnerabilidad que nos quieren imponer a punta de cañones. La dictadura militar ya acabó y fue ampliamente reconocida por el Estado. La dictadura identitaria, esa que encarcela nuestros cuerpos en toma colectiva, sigue viva y ardiendo como una flama peligrosamente hermosa en el interior de cada pecho desvergonzadamente chileno que reclama por los intereses de su patrón global. Mi resistencia es nuestra resistencia –o viceversa- y la única postal que pudiéramos regalarles a estos uniformes sirvientes del imperio, serian nuestras capuchas de la mano de un beso molotov justo en el centro de su gran cena nacional. Una bella postal para sus archivos de verano en la costa norte del país.

jose carlos henríquez, prostituto feminista y activista cuds.

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