Archivo porno virtual: postfacio al libro “Usina Posporno” de Laura Milano, por Felipe Rivas San Martín

“USINA POSPORNO: disidencia sexual, arte y autogestión en la postpornografía” se titula el ensayo de Laura Milano (Argentina, 1984) sobre las prácticas y producciones pospornográficas, publicado por el sello Título de la Editorial Blatt & Ríos y que será presentado el próximo jueves 13 de noviembre en la ciudad de Buenos Aires. Reproducimos aquí el postfacio al libro escrito por el artista visual y activista de CUDS, Felipe Rivas San Martín.

portada Usina

Postfacio al postporno: Fragmentos sobre el catálogo pornográfico en la era del archivo virtual

Felipe Rivas San Martín*

La invitación de Laura: ceremonia del porno. Recorro la ciudad de Buenos Aires de un extremo a otro un poco ansioso. Padezco de pésima orientación y no conozco muy bien la capital, pero logro guiarme por las señales del SUBTE que se organizan bajo el sistema internacional de información. Llego algo atrasado a la comida en casa de Laura Milano, a su primera invitación. Nos habíamos conocido hace unos días, en la inauguración de la muestra que hice con Diego Stickar en La Plata, donde pudimos al fin actualizar corporalmente -en un abrazo- lo que había sido hasta ese momento una relación virtual a partir de la muestra de arte pospornográfico de GARPA: mensajes de inbox, comentarios de muro, likes, corazones hechos con < + 3.

La primera invitación de Laura Milano fue el marco de otra invitación: la invitación a escribir sobre lo que sería su libro, que me mostró –después de la comida- en una versión impresa y anillada, material. Experimentamos juntxs el pudor de esa primera vez; hojear las páginas, observar las reacciones del otro, encontrar los nombres (el de mis amigxs del norte, del sur, el de uno mismo) en el contexto de un sistema de lectura, en la escritura del postporno. Esa primera versión fue el regalo que Laura me hizo al sellar el contrato de la escritura de este postfacio y que hoy guardo como archivo y versión previa de su libro.

La segunda invitación, pues, consistió en un pedido textual, un texto sobre otro texto, no como un análisis sino como un texto sobre un libro que sería también parte del libro mismo. He ahí la paradoja suplementaria de los prólogos, los postfacios, las notas al pie, en la ambigüedad de ser parte y no parte, constituir(se) texto desde un afuera que también está adentro. Tomo entonces esta invitación como lo que es: a escribir suplementariamente un texto sobre otro texto que nos habla de postporno. A escribir en última instancia sobre postporno atravesando el libro de Laura como una interfaz, también cruzando los límites contextuales entre Chile y Argentina, entre Desobediencias y Disidencias Sexuales, haciendo click en ciertas zonas sensibles de un libro que me llevaron hipertextualmente hacia otros textos no previstos de antemano. No puedo dejar de hacerlo también desde un Sur que se acelera localmente en su inscripción global, interconectada. Escribimos en la incertidumbre de un Sur que no sabemos a ciencia cierta dónde está pero que llevamos con nosotrxs en los viajes, como el de Laura a Barcelona, donde observó el interior de la vagina de Annie Sprinkle, una vagina aurática de la que se dice nació el postporno y que ha tenido su desplazamiento de inscripción en el Museo, pues también se dice que el postporno de Barcelona nació en el MACBA. Escribimos desde el Sur, sobre un postporno que parece tener su inscripción de origen tanto en la vagina como en el Museo, aunque no podemos afirmar con absoluta certeza que estemos hablando del mismo postporno, no lo sé. Escribimos en fin desde un Sur de convulsiones y agitaciones materiales, políticas, económicas, que implican el cuerpo y la escritura: como dice Laura, “ponemos el cuerpo a disposición de la experiencia” y escribimos con el cuerpo sobre porno y postporno. Escribimos desde el Sur con el cuerpo (virtualizado) que tenemos.

categoria del pornoInterfaz pornográfica. Abro el sitio web porno de moda y escribo en el espacio asignado como buscador, las palabras clave que mi imaginación porno-virtual me permiten. Conozco el vocabulario y cada vez me vuelvo más experto en conseguir lo que quiero, usando las palabras precisas. ¿En el origen era el verbo? Esas palabras expresan de alguna forma mi deseo, un deseo que no sé bien de dónde viene, pero que puedo suponer son el resultado de una producción performativa del deseo mismo. Alguna relación de poder debe estar involucrada en todo esto. Lo sé porque mi deseo cambia, las palabras no son siempre las mismas, supongo que depende de muchas cosas y sería imposible y hasta peligroso querer saberlo todo. Pero también mis deseos cambian porque la plataforma lo permite, la pornointerfaz me hace actuar así, tal vez lo incita de algún modo, no lo sé. Al hacer click en la lupa del buscador, las palabras clave, su conjugación sintagmática, arman un mosaico de posibilidades, un resultado. El resultado nunca es el mismo; aunque use las mismas palabras, elabore la misma escritura, el resultado cambia. La interfaz es un plano de transformaciones constantes, el cambio de forma es constitutivo de la interfaz. La interfaz de usuario es un plano erótico constituido por zonas sensibles que piden a gritos ser estimuladas. Un plano paradójico, porque el triunfo erótico de la interfaz (ser estimulada eficazmente) depende de su máxima invisibilización (el usuario debe notar cada vez menos su presencia). Mi dedo índice mueve el cursor del mouse interviniendo el plano sensible de la pantalla que administra el archivo pornográfico en pequeños frames que resumen inicialmente cada video. Paso el cursor por esos frames y activo el rollover fotográfico que hace aparecer una sucesión limitada de imágenes que me permiten dar una idea algo más amplia del contenido de cada archivo. Si me convencen lo suficiente los veo, si no, los desecho. A veces me decepciono y otras no, he aprendido a desconfiar de la imagen, pero también a permitirme dar rienda suelta a la aventura de lo porno-desconocido. Hace un tiempo descubrí formas de complejizar mi búsqueda, puedo preferir videos nuevos, me aseguro así que no los haya visto antes. O puedo buscar videos antiguos, los más vistos de la plataforma, o los más votados: ¿cuántas estrellitas tienes? , ¿cuántos likes?. Confiar en el criterio de otros usuarios conecta de algún modo mi deseo con el de ellos, como una comunidad deseante. A veces el resultado es bueno, pero otras veces me parece que el resultado no es más que un deseo determinado por un gusto normal-normativo, el término medio de un consenso en el gusto. Algo útil a la máquina capitalista sin duda. Es información del gusto, diversidad.

Cam4 y el trabajo en la era postpornográfica del porno. Mi amigo Cristian Rojas, un marica sociólogo interesado en temas como capitalismo postfordista, porno y ética protestante, me comentó una vez que para él, el video Ideología marcaba una clausura de un tipo de porno tradicional (programático) y la entrada en vigencia de un nuevo tipo de porno posibilitado por las tecnologías de información en red, con sitios como Cam4. No lo conocía, así que entré a ver de qué se trataba. El sitio es similar a Chatroulette aunque sin el carácter aleatorio de las videoconferencias. La interfaz se asemeja mucho a las de un portal de videos porno, pero en vez de videos, cada ícono enlaza a una página personal de usuario mostrándose por videoconferencia en vivo. Una vez que actúas en Cam4, puedes recibir pagos de los usuarios (propinas) si realizas acciones que los visitantes te piden por el chat. “La antigua distinción entre “trabajo” y “no trabajo” se resuelve en esta entre vida retribuida y vida no retribuida” (Virno). Esas propinas son intercambiables por dinero real. La plataforma recibe a cambio un porcentaje de las propinas que cada usuario hace a otro.

Laura Milano acierta en alertarnos acerca de las transformaciones en los “modos de producción y circulación” que las nuevas tecnologías han inaugurado. Estas transformaciones implican entre otras cosas, una ruptura de las posiciones emisor/receptor, pues hoy existen sitios web dedicados al porno donde las personas suben sus propios materiales pornográficos. O donde pueden recibir dinero, como en Cam4 y otros. Lejos de cualquier utopía desinteresada, el sistema aprovecha esas posibilidades apropiándose de la plusvalía del trabajo sexual desregulado y precario en la nueva industria postfordista del porno. Una complejización al planteamiento realizado por Preciado puesto que el porno no sólo “pone en marcha el devenir-público de aquello que se supone privado”[1], sino que cada vez más privatiza para la máquina capitalística el devenir-público de lo porno virtual, aprovechando la plusvalía de aquello que ya se suponía privado. Dicho de otro modo, la industria postfordista del porno en internet se apropiará entonces de la plusvalía del trabajo pornográfico on line, vinculando ejemplarmente lo privado del capital-empresa con lo privado de la imagen sexual, a partir de su circulación semi-pública en el contexto de la red virtual.

Una relativa uniformidad en la producción masiva y comercial de porno del fordismo (desde el cine hasta el DVD pasando por el VHS), ha dado lugar a la diversificación posfordista del mercado del porno en red. Pienso en el actor porno que vi en Internet hace un tiempo en una película categoría “heterosexual” y que volví a ver más tarde en una película categoría “gay”. El flujo del capital atraviesa los cuerpos del porno desestabilizando las categorías sexuales: plusvalía de la flexibilidad sexolaboral del porno. Veámoslo así: Internet ha realizado el anhelo postpornográfico donde cada quien puede ser el productor de su propio porno y donde éste ya no está dominado por una única forma de representación –heterosexual- sino por la multiplicación cada vez mayor de las categorías de lo pornográfico. El postfordismo, mal que mal, es –entre otras cosas- diversidad. Aplicando una lógica ya ideada por Virno, hablaremos de “la era postpornográfica del porno” como la realización factual del modo de producción postpornográfico en el marco mismo de la industria porno, pero sin su componente emancipador[2].

sex

El archivo pornográfico 1: valor categorial. Hoy, ver un video porno en internet es participar de una relación archivística. Una relación que conecta el flujo masturbatorio excitación-frustración (Preciado), con la interfaz erótica de la pantalla (en su forma-presencia) y los archivos, encontrados gracias a operaciones algorítmicas por la activación de buscadores. El porno funciona como archivo expandido o en expansión acelerada, que administra los marcos posibles de la sexualidad (su medida de lo posible), ya no desde una lógica unívoca (heterosexual), sino bajo el paradigma de lo que podríamos llamar el valor categorial de la circulación pornográfica. El archivo porno está sujeto en primer lugar a una jerarquía de valor estadístico: el archivo es sometido a un control estricto y a un examen en la plataforma (cantidad de visitas, votación de usuarios, importancia). En segundo lugar, el archivo porno está sujeto a una etiqueta, un metadato que funciona como palabra clave para facilitar la recuperación de un dato (archivo). La etiqueta rodea al archivo y lo determina: ya no importará sólo el contenido del dato, sino también la función suplementaria del metadato, como posibilidad y límite para la circulación del archivo. Circulación que depende de la administración categorial del archivo, es decir,   de una categoría del porno.

El archivo pornográfico 2: la democracia consensual y el disenso pornográfico. El límite que el metadato (etiqueta) impone al dato almacenado (archivo pornográfico), estará dado por el carácter consensual de la configuración de las colecciones de archivos en Internet, la denominada folcsonomia, que a diferencia de la taxonomía se configura como indexación social de los usuarios de Internet, medida ya no por el parentesco científico de las relaciones sino por la eficacia dato-metadato y por el feedback (el intercambio de opiniones de los usuarios del archivo, votos, visitas, etc.).

La ideología consensual permea la folcsonomía, nos alerta sobre las posibilidades de error: un mal uso de la etiqueta, etiquetas sin sentido, etiquetas que sólo tienen sentido para el usuario que la introdujo, las homonimias o sinonimias propias del lenguaje. Las etiquetas defectuosas dificultan la fluidez en la relación usuario-archivo, ponen trabas a la recuperación del dato, su eficacia. Un buen usuario no debería inventar una etiqueta, un nuevo metadato. Debería más bien limitarse a los metadatos ya existentes, ocupar los más comunes para generar relaciones entre archivos. Hacer conexiones de datos a partir de metadatos. Fortalecer la categoría, el sentido común de los consensos de archivo. Las etiquetas se densifican en el plano de convenciones de la folcsonomía, se vuelven pesadas, graves, estáticas, típicas. La folcsonomía del porno se constituye como un dispositivo que dispone policialmente la distribución útil de los archivos (del porno) en red.

 

Interrogaciones a lo Post 1: porno y vanguardia

“sin porno no hay posporno”, Laura Milano

Se ha dicho que lo post no es contra. La atenuación del post ya no como ruptura radical sino como un momento “más allá”, tendría la capacidad –así se planteó al menos en la paradigmática discusión de la postmodernidad-, de no replicar en el mismo despliegue de lo post-moderno, una lógica intrínsecamente moderna. De no ser así, lo postmoderno repetiría la misma exigencia modernista de “ruptura con la tradición” (vanguardia), convirtiendo al “post” de lo postmoderno en una suerte de Caballo de Troya de la modernidad dentro del mismo discurso postmodernista.

Diremos con Laura Milano que sin porno no hay postporno, en primer lugar porque el postporno se relaciona con su antecedente (el porno) como quien lo hace en el marco antagonista de la lucha, una lucha que es por la representación: “Esta es la batalla en la que está inmersa la postpornografía”, una batalla por la representación, “romper con los estereotipos sexuales” que impone la heteronorma a través del porno: el reforzamiento de los roles, la cosificación del cuerpo de la mujer, la predominancia de la figura masculina como penetradora, etc. Una batalla de las imágenes. Principalmente “otras representaciones”, es decir, unas imágenes que se opondrían –polémicamente- a las imágenes rutinarias y repetitivas que saturarían el porno “tradicional”. El postporno no existiría si no hubiera un porno. Y si el porno que hay no te gusta, pues no sólo hazlo tú mismo (DIY), sino que además entra en la batalla –cuerpo a cuerpo- por la representación y el sentido.

Sabemos que la vanguardia opera un doble movimiento: primero, construye su pasado como una unidad absolutamente coherente en sí misma (por ejemplo, la institución arte dominada por los valores burgueses). El segundo movimiento de la vanguardia es conformarse en aquella propuesta que se caracteriza por un deseo de corte o ruptura radical con ese pasado. Ha sido la crítica postvanguardista la que ha hecho notar precisamente la caducidad de la vanguardia debido a que ya no es posible comprender las estructuras de poder como unidades coherentes y cerradas en sí mismas, sino como sistemas abiertos y fragmentados, sujetos más bien a una rearticulación constante.

Que el postporno necesite al porno para existir es lo de menos, porque más allá de la paradoja retórica, si eso es así, el problema es que el adversario del postporno, su antecedente, parece cambiar aceleradamente. ¿Cuál es el sentido del postporno si como dice Fabián Giménez Gatto, “el porno ya no es lo que era”?. Tal vez no soy el único que ha escuchado en algunas ocasiones frases como “vi un video postporno y me pareció que no es nada nuevo, en el porno comercial uno puede encontrar gente haciendo las mismas cosas que se muestran en el postporno”, lo mismo se podría decir del arte de performance desde sus inicios en los ‘60, donde el cuerpo y sus diferentes posibilidades (sexuales) fueron llevados a extremos experimentales tremendamente interesantes, como es el caso del accionismo vienés. Se trata de comentarios precisamente centrados en los contenidos, las imágenes, esas que el postporno haría circular, para disputar las representaciones hegemónicas del sexo. Si pensamos que el postporno es sólo una “disputa por la representación”, la pelea de unas imágenes con otras,  entonces inevitablemente llega Bugs Bunny; el molesto conejito interrumpe la performance, entra a escena y nos dice: ¿Qué hay de nuevo, viejo?

¿Cómo puede pensarse el posporno entonces ya no como una mera disputa entre un supuesto tipo de imágenes versus otro supuesto tipo de imágenes, cuando el repertorio del imaginario pornográfico neoliberal parece acaparar para sí cada vez más categorías que amplían y amplían el archivo del porno comercial, ajustándose y al mismo tiempo produciendo una subjetividad deseante, al consumidor de porno, su deseo?

Laura Milano asegura acertadamente que la “ruptura” con el porno comercial “no podría ser posible si no se partiera de una metodología de producción contrahegemónica que plasmara esta nueva discursividad en modos diferentes de hacer y mostrar pornografía”. El posporno no produce nuevas imágenes, produce nuevas relaciones:

“En la pospornografía, la disidencia sexual toma la palabra y construyen sus propios relatos sin intermediación de una voz ajena que hable por ella; en esta apropiación del discurso pornográfico se pone en acto una autodesignación positiva y reivindicativa que es una de las claves del carácter político de la enunciación pospornográfica.”

Así, el posporno, su novedad con respecto al porno, pareciera pasar menos por lo que se muestra (la sucesión de imágenes sexuales ‘marginales’ o “antihegemónicas”), que por cómo se muestra: los planos, encuadres y montajes que estructuran audiovisualmente la imagen desprogramando la visualidad impuesta por la industria del porno comercial. Pero el cómo se extiende también al proceso de producción de lo mostrado. Una dinámica de producción que altera la normativa de la maquinaria pornográfica (su fuera de escena) y los lugares –de poder- asignados a cada cual: las relaciones de trabajo precario y explotación, las jerarquías entre directores, compañías y actores y actrices porno, la relación espectador-emisor. El posporno arma otra relación, otro proceso.

Interrogaciones a lo Post 2: postporno en sí y postporno para sí: Teniendo en cuenta que lo postporno es menos un tipo de imagen que un modo procesual crítico de producción de esas imágenes, el postporno aparece como un aparato de producción de comunidades disidentes, comunidades de afectos. Pero cuando pensamos que ya tenemos algo claro, inmediatamente nos surge un problema. Y es que aquel modo de producción y circulación llamado postporno, que surgió del interior de la vagina de Annie Sprinkle en el tiempo del VHS, hoy –en el tiempo de Internet- está siendo replicado en varios aspectos por el modo general de producción y circulación de las imágenes pornográficas en red: hay acceso a una cantidad infinitamente mayor y diversa de porno, lejos ya del cliché de la hegemonía heterosexual. Y los usuarios son a su vez potenciales productores de porno, sin necesidad de la mediación de un director o una industria (al menos no del mismo tipo). ¿Estamos ante la realización plena del sueño DIY en el porno on line? Y más aún, ¿Cuál es el lugar crítico de lo postporno si la fase actual de producción y circulación de la imagen pornográfica mayoritaria se ha vuelto ella misma en cierto modo “postpornográfica”?

Milano establece entonces la pregunta de “si la pornografía producida desde la esfera de los consumidores es reproductora del orden sexual vigente o si en cambio es crítica y resistente del mismo”. La diferencia entre uno y otro radicaría en la “toma de posición”, algo así como aquella vieja distinción marxista del en-sí y el para-sí. La etapa actual del porno sería ya ella misma “postpornográfica” pero aún no “consciente de sí misma”, esto es un postporno “en-sí”, ingresando cada vez más rápido a la máquina de porno-plusvalía capitalista, como es el caso de los modelos que trabajan precarizadamente para Cam4 aparentemente sin saberlo. Y que tendría una versión “concientizada” y voluntariosa (el postporno “para-sí”), representado por las escenas y prácticas definidas como postporno que han emergido en diferentes lugares y a las que el libro hace referencia. Un modelo planteado así, se ve enfrentado hoy a la pregunta que instala Rancière en el debate sobre arte y política, puesto que la distinción entre sujetos concientizados y no concientizados marca nuevamente una jerarquía de poder, esta vez de tipo político-pedagógica entre los que saben y los que no.

El archivo (pornográfico) 3: preguntas sobre disenso y política. ¿Es posible pensar el metadato como un lugar de disrupción política?  ¿La pantalla es un reparto sensible? ¿La interfaz es erótica? ¿Qué oculta? ¿Qué muestra? ¿Otra pantalla es posible? ¿Quiénes son los sin parte del porno on line? ¿La multiplicación táctica e infinita de las etiquetas (metadatos), su alejamiento abismal de lo Uno, puede ser visto paradójicamente como un reclamo de igualdad? Es decir, ¿Lo múltiple puede configurar un horizonte de igualdad? ¿La política es siempre un reclamo de igualdad? ¿El momento político del archivo porno es la interrupción del consenso de las etiquetas? ¿Podemos sabotear el consenso democrático del archivo (pornográfico), la estabilización de su etiqueta, a partir de una táctica basada en la ética del error?

 

* Felipe Rivas San Martín es artista visual, activista de la CUDS. Actualmente realiza el Magister en Artes Visuales de la Universidad de Chile

[1] Preciado, Beatriz, Testo Yonqui. Pg. 180.

[2] Virno, Paolo. Diez tesis sobre multitud y capitalismo posfordista. En: Gramática de la Multitud.

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