“La mujer metralleta” de Tomás Henríquez. Prólogo a una dramaturgia disidente por Jorge Díaz

La mujer metralleta de Tomás Henríquez Murga se está presentando desde el 6 al 29 de Noviembre de jueves a sábado a las 21,30hrs. en Sala Sidarte, Ernesto Pinto Lagarrigue 131, Barrio Bellavista, Santiago.

A su vez Mago Editores lanzará el libro que contiene la dramaturgia de esta obra que ganó el premio 2014. En ese libro, Jorge Díaz biólogo feminista y activista CUDS escribió el prólogo “Un partido plástico para la disidencia” que compartimos a continuación. El libro será lanzado el día miércoles 12 de noviembre a las 20:30 hrs. en Sala Sidarte. 

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Un partido plástico para la disidencia

especulaciones sobre “la mujer metralleta” de Tomás Henríquez Murga

 

Jorge Díaz Fuentes

Biólogo feminista

 

Al parecer ya no podemos parar nuestro hambre de poéticas. Y esto porque en un empeño decididamente localista o situado es este hambre la que nos permite entender la forma del cuerpo que tenemos, tal vez mejor dicho: este hambre nos alerta de nuestra ubicación corporal implicando así una individualidad plástica para resistir al discurso monológico de la identidad propia. Un discurso que separa radicalmente el yo del nosotros. Una separación que nos quiere ver ensimismados en membranas impermeables, aislados, trabajando solamente en la construcción propia, olvidando las historias de nuestros pueblos. Es por esto que estamos siempre atentos a poéticas que nos asalten (y por las cuales nos dejamos embestir) hasta el punto que todo puede entrar en nosotros sin filtro. O sí, pero con un filtro profundamente político.

Somos animales filtradores que se alimentan de las poéticas de aquellas historias locales que palpitan el hambre de una narración silenciada. Poéticas para nosotros es una manera de designar posiciones, sean estas palabras o representaciones que en su organización nos muestran un mundo ya deformado por una subjetividad crítica en compromiso con lo disidente.

De alguna manera contenemos este hambre alimentándonos de fracasos filtrados por la historia no-oficial de nuestros pueblos, esa que está aún por escribirse.

Existe una hipótesis que explica que los pueblos están cada día más expuestos a desaparecer puesto que no tienen una imagen. O digámoslo de otra manera, la imagen de los pueblos es aquella imagen de la propiedad privada sobre-expuesta. Sabemos gracias a la fotografía que toda sobreexposición suele carecer de detalles y contrastes. La tesis sería entonces algo así: los pueblos están destinados a desaparecer en aquella imagen oficial sobre-expuesta que ciega. Volvamos esto una pregunta: ¿bajo qué signos entonces contar la historia de la rebeldía política de nuestros pueblos para que no desaparezcan? ¿qué poéticas ya deformadas por una subjetividad que no se deje seducir por las imágenes pre-fabricadas del capitalismo cognitivo nos merecemos?.

En la respuesta a estas interrogantes me aparece un nombre: Tomás Henríquez Murga es un prolífico dramaturgo que siempre tiene hambre. Un artista que es antes que todo un famélico productor de ficciones que tomando la palabra y su poder en la representación, ya sea esta performática, dramática, poética o teórica ha sabido explorar en aquellas historias borradas para quienes nacimos en la post-dictadura en chile. Todo esto para de alguna manera devolverle una imagen a un pueblo desfigurado por el horror y la injusticia.

Es interesante que la mayoría de su trabajo pretenda explorar las voces más extrañas o desadaptadas que quedaron cuando la historia oficial del país nos anuncia el fin de la dictadura cívico-militar para iniciar otra dictadura, esa que muchas veces llaman como democracia neoliberal. Una nueva dictadura del paraíso económico y su promesa de cuerpo ideal: burgués, blanco, heterosexual y despolitizado.

Tomás Henríquez busca en estas voces, historias y relatos sobre los cuales muchas veces pesa un silencio insano, el motor para escribir una resistencia insolente. Desde los últimos momentos de la existencia abyecta y transexual de Karole Romanoff o más popularmente conocido como el vidente de Peñablanca en Quémame los ojos (2009), pasando por la ficción desbordada que toma como eje la historia de aquel proyecto de medicina social iniciado en la Unidad Popular y que hoy es un enorme elefante blanco abandonado en la comuna de Pedro Aguirre Cerda en Ochagavía (2012) hasta lo que ahora nos ocupa en este libro: La mujer metralleta.

Apuntes para una historia silenciada

Existe una historia silenciada sobre aquellas figuras que encabezaron lo que se ha denominado como la lucha armada en chile. Nombres borroneados y tachados, archivos inconclusos y narraciones objetadas son algunas de las realidades a las que nos enfrentamos cuando queremos investigar sobre esta militancia de rebelión popular en nuestro país. Es quizás la ficción recreada en Tengo miedo torero (2001) del escritor Pedro Lemebel que relata bajo la mirada romantizada de la loca del frente la ayuda al revolucionario heterosexual en el lamentablemente fallido atentado al sangriento tirano por parte del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), una de las ficciones que más resonancias culturales ha tenido con respecto a estos hechos de insurrección social. Sin embargo, es interesante constatar cómo en el hilo de estas historias se genera un fuerte quiebre con el término de la dictadura. Es importante entonces escudriñar sobre la historia para los cuales la dictadura nunca terminó y fue la transición democrática un espacio de orfandad y violencia que debieron recuperar en soledad. Cuando todos pactaban la memoria oficial, aún con el miedo a la muerte y a la tortura, todavía con el pavor pegado en la piel, fueron estos los militantes que siguieron firmes en aquella política de la rebelión. Parte de este background es el que da inicio a La mujer metralleta de Tomás Henríquez Murga que explora el tormentoso destierro de una de las más controversiales y escandalosas mujeres de aquel tiempo de resistencia mediante la vía armada.

Esta dramaturgia nos muestra los momentos del exilio de la mujer metralleta en las afueras de un pequeño pueblo de Italia donde debe convivir con una insoportable familia como un oráculo de devastación y sufrimiento. Pero más allá de querer retratar naturalistamente un momento o una biografía política, la obra nos presenta a diferentes personajes de los cuales no sabemos su nombre sino que sólo logramos reconocer un híbrido entre la categoría social (mujer, hombre, niño) y la embestidura bélica (metralleta, fusil, revólver) que como arma de destrucción quiere demoler ese mismo rol pre-asignado. Así mirado sería el nombre de los personajes, concentrándonos en particular en la mujer metralleta, un nombre asignado por la destrucción de la propia identidad. Quiero decir: además de la imagen de una mujer que, en nombre del pueblo toma una arma para combatir la injusticia, es esa metralleta que acompaña su identidad la que destruye una idea de lo que es “una mujer” y su relato sentimentalizado de la fragilidad, la delicadeza y el cuidado. Tomás Henríquez en este texto prefiere el lugar de un tiempo del exilio, con la mujer metralleta en silla de ruedas, incómoda, siempre a la defensiva y devastada constantemente por la memoria de un país de malagradecidos, lleno de gente ingrata y quizás –a pesar de la lógica distancia geográfica— viviendo también en ese país como sumisión.

De cierta manera, nos acercamos a un drama donde ya no hay futuro, donde ya todo ocurrió. En la obra podemos leer la insistencia en las asperezas cotidianas que tienen a la familia como motor básico de una existencia neurótica. Una realidad atormentada por la compañía familiar obligatoria que sólo calma aquella puta pistola siempre presente. Ahora bien, en este exilio de la mujer metralleta no existen hijas gráciles y amables que cuiden el destierro de sus padres, como nos recuerda ese imaginario tan cotidiano de la tragedia griega. No hay aquí un Edipo en Colono como eje de las escrituras dramáticas del exilio. Aún así algo los conecta: Edipo y la mujer metralleta en su destierro tienen ambos los ojos rotos. La pérdida de unos ojos que quedaron vacíos como la imagen de su patria. Porque perdieron los ojos y la patria. Quizás el texto sea una insistente mirada a la patria con esos ojos rotos de un exilio militante. Y es con esos ojos que la mujer metralleta insiste en una reterritorialización de un paisaje que busca su desterritorialización constante.

Me pregunto: ¿a qué país es al que quisiera volver hoy la mujer metralleta? A un país aún en el mayor y perverso vértigo de las desigualdades, con un norte traspasado por el temblor y la extrema precariedad, un valparaíso envuelto en llamas de pobreza y la constante amenaza de muerte a cualquier sexualidad que se quiera emancipada?.

Como dice la mujer metralleta: el único partido posible para los pobres de América Latina es la disidencia.

Sin embargo, deformaría el partido en su sentencia de plasticidad—en cuanto plástico designa aquello que adquiere y da forma, que se transforma, pero también en el universo artificial que nos recuerda el plástico—y sólo así me permitiría afirmar que la disidencia en cuanto postura de oposición es el partido plástico al que nos invita la palabra crítica e irrespetuosa de las memorias aún no integradas de nuestro pueblo sin rostro. Unas palabras que en La mujer metralleta escrita por Tomás Henríquez nos muestran que existe aún una posibilidad de darle una imagen deformada por la subjetividad a nuestro pueblo.

Una imagen que quizás nos merecemos.

Santiago, mayo de 2014.

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