Columna: “Muerta la perra se expande la leva” por Jose Carlos Henríquez

Hija-de-Perra-Foto-Patricio-Avilés1Hija de Perra
(1980-2014)

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Hija de Perra es un virus. Con ella nos hemos convertido en un virus colectivo que solo quiere expandirse por todas las redes. Estamos infectadas por Hija de Perra. Somos las obscenas que abren sus piernas como el más inmundo pero delicioso espectáculo para esta nación que utiliza a sus perras solo con bozal, desparasitadas y perfectamente domesticadas. Cuando la conocí le pregunté sobre la prostitución y me dijo que aprendiera a cobrar mejor y no me entregara a ningún proxeneta. Sus cejas de malvada, asquienta, rabiosa se han tatuado como un pacto maldito en nuestro rostro. Las sucias tenemos el rostro de Hija de Perra como signo de emancipación monstruosa. Porque con ella en el escenario, en el museo, en la universidad hemos sido la monstruosidad que todo circo necesita. Y como toda monstruosidad resentida, el circo nos ha escupido, la ha escupido hasta ahogarla bajo tierra, entre las llamas. A Hija de Perra la mató Chile, me dijo una amiga feminista esos tristes días calientes. No quisimos llorar frente a los lentes que siempre quieren registrar el dolor cristiano cuando un cuerpo fallece. Las amigas de Hija de Perra hemos preferido ensuciarnos más y agudizar nuestra calentura. No somos las perras que siempre desean los machos hambrientos. Somos esas que dan miedo y que despiertan mucho más miedo cuando alguien se sorprende deseándonos. Porque Hija de Perra nos enseñó que la seducción se vuelve terrorista cuando pone en escena todo eso que llevamos por dentro, que nos da asco, pero que llevamos por dentro; que nos da miedo, pero que llevamos por dentro. Su parodia fascista fue el reflejo de nuestra educación, de nuestras familias, de nuestra ciudad. Nos señaló que el primer fascismo que debemos degollar es este que vemos cuando nos maquillamos frente a un espejo. Porque no fue un mesías libre de todo mal. Hija de Perra prefirió asumir todos los males y este país la desterró cada vez que pudo. Solo fueron los estudiantes mal portados quienes la metieron a la universidad a dar sus cátedras inmundas. La televisión también la quiso y la tuvo muchas veces, pero cuando las monstruosidades se mueven desde su asco y resentimiento, ni todo el rating del mundo es capaz de poner al aire un espectáculo que solo sirve cuando es una perra con bozal, desparasitada y perfectamente domesticada. Fue la reina inmunda de un under que parece dilatarse en nuestras noches de cada vicio y baile. Su ausencia se nota como se notan las heridas de un rostro. Cada vez que pienso en Hija de Perra pienso en un tráfico de conocimientos abyectos que reconfiguraron imaginarios sexuales en nuestro país lleno de gente normal. Hija de Perra fue la primera en hablar de mi como prostituto feminista en la universidad y así hasta hoy siguen invitándome. No sólo se dedicó a brillar en su glamoroso diluvio de fluidos en un escenario; Hija de Perra se preocupó de generar una escena mucho más que bailable en este Chile conservador. Somos varias las putas, las maracas, las abortistas que fuimos impulsadas por su activismo bizarro. Irina la Loca, su fiel compañera de espectáculo también lo dice así: “Hija de Perra me enseñó a masturbarme”. Sin embargo, la vida no puede ser algo sobrevalorado. Hija de Perra no se pierde de mucho ahora que no está. Somos nosotras quienes perdemos, pero la pérdida es parte de nuestros días. Las perras sabemos que en cualquier momento desaparecemos del mapa, mientras tanto sólo nos queda seguir expandiendo la leva.

 

Publicado en The Clinic, Santiago, diciembre 2014.

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