“Cuerpos para odiar: la orgía eterna del aprendizaje” por Federico Krampack

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Fotografía de Claudia P. M. Santibáñez

“Hay tantas sexualidades como personas en el mundo. Pasa lo mismo con las sensibilidades” (Kevin Johansen). En CUERPOS PARA ODIAR, montaje teatral articulado por el director y actor Ernesto Orellana (‘Ensayo general’ 2013, ‘Los Justos’, 2014), hay tantos cuerpos dolidos (sus protagonistas) como cuerpos expectantes (el público). La sexualidad y la crítica política toma literalmente del pescuezo todo: historia de Chile, insurrección, justicia poética, moral, vergüenza y meditación.

Obra enredada, cabalmente risueña, estridente a ratos, tristemente auténtica como un canasto vacío de pastelitos adornados con azúcar flor y no cocaína, y una caja de preservativos dañada mientras tenemos el pico erecto sin poder hacer nada y vivir de la sabrosa duda; montaje desbocado lleno de locas fuertes como peñascos, montaña rusa que va del silencio sepulcral hasta la melodía travesti cumbia-punk más ‘muher’ y fleta posible, de la herida más grande hasta la carcajada más sincera y ritual como lo hacía Marilyn Monroe en las comedias mojigatas de los años cincuenta o la risa publicitada de una andrógina y ahombrada Greta Garbo en los años ’30; reventada de colores rojos radiantes entre el fantástico trabajo de vestuario y el glitter que inunda a sus personajes, que son reflejo del estado anímico de todo el orgiástico y fastuoso grupo humano que conforman estos cuerpos para odiar, reverenciar, sacrificar y recordar, como la santa patrona de la disidencia sexual criolla Hija De Perra (QEPD), que acá en la obra toma un rol omnipresente trascendental.

5bbedb28851677.55d556d6b3f39CUERPOS PARA ODIAR es una oda hacia el orgullo de ser un ser trans-figurado y penetrado por el malestar, la náusea social y la filosofía del fracaso que recitaba Samuel Beckett: “Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.” Es nuestro propio ser travestido por el poder trans-formador, trans-poético, transexual a fin de cuentas, que tiene incubado tanto una pasión destructora como creadora, desde la masculinidad y femineidad más cruda, desde el sollozo y la prepotencia más escondida.

El ser-travesti como método para aguijonear la comunicación con la otra vereda callada y mustia, la ‘fome’, la común, la gris, la de comercial de mantequilla, la de familia nuclear forzada, el show y la incomodidad transversal, como el Doctor Frank N. Furter de “The Rocky Horror Picture Show” (1975), que rezuma una influencia particular que se agradece por kilos y kilos de maquillaje: la obra de teatro casi siempre es una plataforma estrictamente pasiva entre espectador y artista porque no hay participación directa; en CUERPOS PARA ODIAR (así como se logró con “The Rocky Horror Picture Show”, tanto en la película como en la obra de teatro original), la química se da vuelta por completo: hay pregunta y respuesta incesable, contacto explícito; el público toma un rol netamente activo y abandona su papel de náufrago visual y se deja envolver por el espíritu de la dulce Transilvania Transexual; brinca, ríe, celebra, mete bulla como en los prostíbulos o en las comedias antiguas españolas, sale a la pista, baila con las travestis, se caen al suelo, se enroscan, beben alcohol, y palpamos todo el moco, las plumas y la rabia que salpica como purpurina desde el epicentro de la acción.

CUERPOS PARA ODIAR es una personificación ultrajada y coqueta de seres que no temen pasar por los adjetivos tradicionales y vagos de una sociedad perezosa tanto intelectual como sexualmente, tonta, re-bruta, re-imbécil, re-incidente que encasilla todo por Régimen, por pastilla, por caja, y da orden de alejamiento express de pacos asustadizos. Están todas y todos ustedes detenidos: por putas, por lujuriosos, por maricones, por descaradas, por travas, por vampiros, por locas, locos, loquillos, acts, pas, mods, BDSM, drogos, nerds, cracks, kinkys, intelectualoides, madrileñas, grotescas, escandalosas, ratoncitos de biblioteca que citan a la pelada Foucault y a ninguna mujer, ratoncitos de vino, de quesos o de sesos… y que goce ser parte de un espectáculo indisciplinado así. La transexualidad como vehículo, modus-vivendi y herramienta de defensa acérrima en un contexto espoleado y quebrantado por los dildos patriarcales y fascistas que ven en su existencia un riesgo hacia sus propias identidades y cimientos, los mismos que criticaba sanguinariamente Pier Paolo Pasolini, que en la obra se recuerdan los gestos de la brutal ‘Saló cuando nuestra Marilyn Monroe (interpretada por la fabulosa activista Claudia Rodríguez, en una mezcla bizarra y herida de diosa sexual a lo Joan Crawford, reina blonda en decadencia en la senda de “El crepúsculo de los dioses” y narradora estrella de Pasolini) relata en su trono algunas de sus experiencias sexuales más funestas y vergonzosas. “No sé hablar, pero no soy muda”, dice ella. Pero lo que no saben hablar, lo hacen cantando y bailando contra todo un imperio, como las amigas travestis que deslumbran desde la primera a la última escena, vestidas como las Negratas máximas porque todos quedamos ‘negras’: las negras del sistema, las yeguas esparcidas con tacones y jactancia, las negras que no pueden ser las rubias del gobierno, las negras que con su verbosidad y sabiduría, números musicales de taberna y picante humor nos sacan de la comodidad. 

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La banda argentina de rock Sumo cantaba en la mitad de la década de los ochenta: “Mejor no hablar de ciertas cosas”… Acá hablamos de todo y lo baboseamos todo. Crítica del desborde y del chisme, de lo que siempre callamos y siempre pelamos, raspando cicatrices viejas y nuevas, y sacando las cáscaras y los calzones especiales para hacernos el truco. Crítica del sistema imperialista que nos ha asfixiado por siglos y del autócrata rol hétero y homosexual que nos quieren imputar como un báculo de normalización y patologización al unísono por el esófago, como las “colitas humanistas que se quieren casar igual que todos” y“los hombres que se meten con travestis que quieren hacerla piola”. Crítica transformadora sobre el meter y sacar experiencia, meter y sacar lengua a los demás; meter, esconder, sacudir, vender, mamar y sacar pico; meter y sacar papeles y permisos desde el Estado y mamársela al gobierno de turno para que nos den el tratamiento AZT y tener que seguir dependiendo fatídicamente de sus infortunios; meter y sacar trucos y garrafas para que podamos irradiar, soportar y disipar el cotidiano. Crítica de la estética y germen straight, y de los placeres heterosexuales al sucumbir a sus propios aprensiones, enfermedades, inexactitudes e inequidades.

En CUERPOS PARA ODIAR, aquí todxs somos las abuelas, las mapuches, las más viejas, las travestis, porque las travestis son los seres que glorifican y subrayan el aprendizaje bestial y subterráneo más allá del horizonte rectilíneo del receptáculo heterosexual. ¿Qué mejor aprendizaje si no es desde una tropa de maricones que han luchado y han besado los botines del fracaso, sabiendo que han fracasado y se vuelven a levantar y amar/amarse desde el fango, justamente porque no tienen interés en ser ‘iguales’que los demás? Tal como lo decía Rainer W. Fassbinder, el amor es algo que requiere el ser humano porque es substancial para todos, y no importa qué formato ocupe el amor porque tiene que escapar a la definición; pero, por desgracia, es algo que puede convertirse fácilmente en una explotación y en un envilecimiento.

La nítida diferenciación de los sexos en nuestra cultura debió su configuración a la monogamia, las enunciaciones del amor y la monosexualidad y sus infinitos tabúes sociales y religios9f637228851677.55d552f3c5cabos sobre el sexo; CUERPOS PARA ODIAR destruye y re-define todas esas declaraciones, aún cuando faltan muchas capas entremedio (sería una obra de teatro que duraría semanas). Marilyn Monroe fue amada y venerada por escritores como Truman Capote y presidentes, así como también fue violentada por un Hollywood machista y explotador que desde el comienzo, cuando posó desnuda como chica de calendario, que la tapizó en algarabías, tonterías de sex-symbol y crueles obligacio nes de ser estrella de cine.

Los perros no me muerden, sólo los seres humanos”, dijo ella alguna vez. “Sólo haz lo tuyo: trata de ser sexy”, le dijo Laurence Olivier, marido de la Scarlett eterna Vivien Leigh, a la Marilyn cuando rodaban una película. Marilyn: haz lo tuyo, haz el papel mudo, haz la categorización eterna, hasta que sucumbas, hasta que te estrelles con el pavimento, no seas auténtica ni trates de ser intelectual, solo ponte el dedo en la boca y di tu parlamento… Basta. Tal vez perdimos a esa Marilyn, pero acá tenemos a nuestra Monroe criolla, nuestra Claudia Rodríguez, quien muerde el polvo acá y nos lo muestra con preciosidad, humor negro y poesía manchada de sangre con su pandilla.

Hay que abrazar todas esas formas de sobrevivir y reprender al Poder; de chuparla, de ahorrar comida, de besar sin miedo, de defender nuestro territorio tal pueblo originario, de embaucar, de reventar e incluso ridiculizar con gusto al individuo heterosexual como un monigote que vive del canon y está ahogado en su patético deseo erótico y sus culpas, como el hombre de la Marilyn (uno de sus tantos “huevones enamorados que igual vuelven”) que irrumpe en una importante escena del montaje vestido con una polera de la Selección Chilena de Fútbol que dice A. SÁNCHEZ en su dorso y un gorro chilote de lana, con la labia rústica y típica de la sociedad criolla contemporánea; un reflejo taciturno y vomitivo de cómo son los hombres, “esos hombres asquerosos” y que sólo quieren una cosa como dicen nuestras hermosas negratas. El hecho de que esté presente ese ácido guiño al fútbol, la pasión de multitudes, del gigantesco grupo humano acorralado y zombie al que llaman patria, en la indumentaria del personaje masculino (el único hombre biológico, arcaico y asquerosamente ‘normal’ de toda la obra) no es nada aleatorio si consideramos que Pasolinitambién dijo en una oportunidad que “el fútbol es el espectáculo que ha sustituido al teatro.5ca88028851677.55d552f3bef8e

Bloque de interacción directa: violencia y defensa de la Marilyn y su tropa, con metralleta incluida y puños en alza, los rouge salen volando, taca-taca-taca-taca de tacones por aquí y por allá, una negrata grita, una King Kong se agita, la otra llora con una botella en la mano, la otra toca a un morenazo del público y se sienta en su regazo, otra me inunda su culo en la cara y lo agita con frenesí, el niño vampiro y su madre se enfurecen y se odian mutuamente, y el público no puede hacer otra cosa que dejarse/dejarnos seducir.

CUERPOS PARA ODIAR escapa justamente a la definición de ‘obra de teatro’; te embarca como si fueras a entrar al plató de una película de Fassbinder o un bar donde nada está al azar; velas en forma de penes, lienzos, luces rojas, inmensos cortinajes sacados de algún cabaret del inframundo, retratos de la Marilyn Monroe, espejos, vasos y más vasos, todos los recipientes posibles para poder aguantar los escupos poéticos de Claudia Rodríguez, el ping-pong hiriente de Irina La Loca con su hijo puto (Jose Carlo Henríquez), y las estridentes expresiones de las compañeras Choro Capone (Daniela Cápona), Lupe Sadilla (Wincy Oyarce), la escandalosa Victoria Gonorrea (Cristeva Cabello) y la imparable Lucha Puñales (Lucha Venegas), que con sus navajas a lo Freddy Krueger nos recalca una mímica del fist-fuck fidedigno, de un fist-knife que debería ser parte del Plan Auge para resguardar a todas las mujeres y travestis del asimétrico y fascista sistema de salud y bienestar público, de un mundo arisco administrado por y para hombres que solo ambicionan su fist-money.

CUERPOS PARA ODIAR tiene mucho también de escuela de la Roma en decadencia que curiosamente se parece muchísimo al mundo de hoy; tal como lo expresó Federico Fellini, en ambos se advierte la misma locura por vivir, igual violencia, desesperanza, inmoralidad y satisfacciones (e insatisfacciones) personales; la decadencia, a fin de cuentas, constituye la condición imprescindible para el renacimiento. Hay que amar los naufragios, como sátiros y bufonas que somos, estamos rodeados de cuerpos que existen y sufren en una dolce vita en que todo se abolla, se reformula y se descompone sin fin, se infecta y se vuelve a reinfectar como una dosis edulcorada de VIH como una declaración política desde el derramamiento de la sangre y el semen, los dos componentes líquidos cardinales que marcan el surco aguerrido y barroco del ‘marica-pride’; una inyección de adrenalina romántica en la alcantarilla social de tener que andar siempre jugando a las escondidas, el ser bastardo par excellence, el ser infringido, el ser que escupe y al que escupen. Estamos fusionados por la sangre, y la sangre es memoria sin lenguaje.

Es justamente el tremendo desastre de una serie de ideologías, significaciones y convenios que nacen de los canutos y los fachos, de la frustración y la decepción de las miles de promesas de líderes y depotismos de la izquierda y de la derecha, del tedio del sexo monotemático, su orgía capitalista del marketing y sus categorías ortodoxas y telenovelescas que no dejan paso a lo abyecto, a lo mestizo, a lo roto; una obra que retumba y se deja retumbar por su director, su elenco, sus colaboradores y su público. Hablar de banderas, fronteras sexuales o limitaciones etáreas es absurdo cuando los CUERPOS PARA ODIAR sencillamente son cuerpos para honrar, lijar y seguir trans-formando y aprendiendo hasta el exceso, con el sexo orgulloso, una sex pistol alegre y bravucona, y la memoria inalterable. 

 

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Por Federico Krampack, Agosto 2015 /

 


 

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CUERPOS PARA ODIAR, 2015 / Creación colectiva inspirada en la poesía travesti de Claudia Rodríguez. Dirección: Ernesto Orellana. Elenco: Claudia Rodríguez, Irina (La Loca) Gallardo, Jose Carlo Henríquez, Wincy Oyarce, Lucha Venegas, Daniela Cápona, Cristeva Cabello y Miranda Astorga. Diseño Integral: Loreto Martínez, Alejandro Rogazy, Jorge Zambrano. Diseño Vestuario: Camilo Saavedra, Ignacio Olivares. Audiovisuales: Camila José Donoso y Wincy. Gráfica: Román.

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