“Cuerpos para odiar: Realidad travestida de ficción” por Naomi Orellana

back 2En Cuerpos para odiar cada partícula está viva. Cada uno de sus elementos, cada palabra –puedo dar fe de ello- proviene de una lucha personal, de una expresión o artística o política o ambas. Cada ser que está allí, no está trabajando para interpretar la idea de un director, sino que está allí para hacer vibrar un sentido en una resonancia coral perturbadora y hermosa.

Ernesto Orellana asumió la tarea de dar coherencia y la forma de una “obra de teatro” a deseos colectivos, a activismos sexuales, pobres y brillantes. Pero también la de interpretar al personaje del hombre, que es humillado y devorado. Se le ve el potito blanco e iluminado en medio del escenario después de ser atacado por las travestis. El director de la obra, que además es el hombre, es aniquilado. Me parece muy político. Luego de la paliza, se arrastra suplicando y, en una frase, resume la mediocridad del amor machista: “ya po Marilyn, vuelve, tengo la cagá en la cocina y quiero culiar”.back1

Cada personaje tiene su espacio y en ciertos casos la realidad solo es trasladada con exceso de maquillaje al escenario. En este aspecto es donde para mí se producen los momentos más incómodos, pero haberlo refinado más habría sido intervenirlo y transformarlo en una obra de teatro sin comillas y eso no era lo prometido.

Claudia Rodríguez, la Marilyn, poesía de alta calidad, nos deja un verso que no nos cansamos de corear:

“Ser travesti es maquillarse la cara mientras llega la noche, en diferentes espejos, atreverse a usar colores fuertes para salir a la calle con frio. Caminar por Vicuña y bailar y tomar un copetito mientras pasa la hora. Encontrarse a ratos con la esta y con la otra y conversar con los hombres que se creen hombres y lamerlos un rato y emborracharse. Ensuciarse de droga y aunque te duela la muela masticar el chicle con sabor a mora y pensar en el este ¡que se fue con mí plata! Enfermarse de rabia y perder la memoria y volver al departamento a pagar las cuentas, y comprar más maquillaje para tapar la pena de llevar a cuestas este misterio.”

La primera vez que lo escuché fue en la primera función recitado por ella. Morí con la imagen de la muela y el chicle con sabor a mora. La segunda vez que vi la obra esperé este momento. Pero ahora eran todas las travestis, la lucha puñales, la victoria gonorrea, la esta y la otra, las que declamaban mientras Marilyn se quedaba inmóvil y muda.

Hermoso.

back3Patúas. Sin plata, sin parientes influyentes, la mayoría sin educación formal de actrices, ordinarias pero no ignorantes ñeña, montaron esta obra y le violaron el cerebro[1] a unas dos mil personas con un popurrí de referentes ordinarios entrañables, mensajes feministas y sexo disidentes, coreografías inspiradas en Hija de Perra, mensajes educativos sobre como parecer mujer mujer escondiéndose el pico en el poto y finos bodegones posporno.

Cuerpos para odiar es una obra que no debería existir. Como no deberían existir travestis que escriben poesía, putos que actúen, trabajadores asalariados que le quitan horas al capitalismo para juntarse con otros maricones para vestirse de mujer y pintarse la cara y ser insolentes y pasarla tan bien.

Pero existen, y en horda.

Enhorabuena.

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[1] Palabras de un asistente.

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