¿Cómo llorar la muerte marica? Antropólogo feminista Baird Campbell sobre las masacres contra gays, lesbianas y trans

[Texto movido por los ánimos de decir algo desde el Sur sobre las muertes de tantos homosexuales latinos en la ciudad de Orlando el 2016. Porque ya estamos cansadas del uso que el Estado-Nación hace de las muertes espectacularizadas de homosexuales. El ensayo de Baird Campbell, activista y antropólogo transfeminista norteamericano, es una crítica las formas heterocentradas de exhibir la muerte de los latinos homosexuales en las pantallas y, además, es un modo de acercarnos a posicionamientos cuir de las matanzas contra lesbianas y trans. El texto es resultado de la invitación a participar en el conversatorio “Masacre en Orlando: las locas estamos hartas de tu nación asesina” realizado el 12 de julio en Santiago donde participaron otras estudiantes y profesoras maricas: Luis Parra (sociólogo) y Augusta Obando (matrona)]

PAY-images-of-the-Pulse-gay-club-shootingEl 12 de junio me desperté en Maryland, en una conferencia académica a la que había viajado para después venir a Chile. Al apagar el despertador de mi celular, me di cuenta de los mensajes aterrados de mi pareja en Texas, un inmigrante filipino al que muchas veces se le confunde con latino. Me contó del atentado que hubo la noche anterior en Orlando, en la llamada “noche latina” en una disco gay. Provocando casi 50 muertes y aún más heridos graves, la noticia sacudió el país, y sobretodo las comunidades latinas y maricas. En un año de tanta violencia en Estados Unidos, era una gota más en un vaso a punto de rebalsar. Es más, un crimen de odio contra la comunidad LGBTI iba directamente en contra de la narrativa de que el matrimonio igualitario—aprobado a nivel nacional en junio del año pasado—lo había resuelto todo. Parecerá tal vez difícil de entender, pero viviendo en un país en el que hay más armas que personas, y en el que todos los días vemos noticias de atentados en colegios, disparos accidentales que matan a bebés, y el asesinato constante de la comunidad negra a manos de la policía, la noticia también me provocó un cansancio enorme. No porque ya estamos inmunes a la violencia cotidiana, aunque seguro de eso también hay. Sino porque nosotrxs, la comunidad marica de Estados Unidos, supimos pocos minutos después de lo acontecido exactamente cómo se desarrollaría la narrativa de este atentado. Al saber que el culpable era musulmán, nos dimos cuenta que en los medios jamás se hablaría de un crimen de odio contra la comunidad marica: se hablaría del terrorismo yihadista contra el estado. En ese momento, lxs muertxs dejaron de ser nuestrxs. Los cadáveres de las maricas, lesbianas, y trans fallecidxs esa terrible noche se convirtieron en cuerpos, vaciados de toda identidad política, toda práctica sexual, toda diversidad de género. Es más, dejaron de ser latinxs para convertirse en la representación corporal de un país, un país cuyo imagen ideal es de hombres y mujeres blancos, fértiles, y heterosexuales.

            Fue increíble ese día ver como en cuestión de horas los medios apenas mencionaban que la disco Pulse era un espacio gay, una discoteca en la que la comunidad queer de la ciudad de Orlando se reunía para bailar, besarse, sudar, formar comunidad, y escaparse del clima del conservadurismo que perdura en Orlando, y que cada vez más vuelve a asomarse a nivel nacional y mundial. Después de los primeros reportajes, lxs muertxs de Orlando desaparecieron detrás del espectro de Omar Mateen, hijo de inmigrantes afganis musulmanes. Mientras los heridos aún sangraban y morían en los hospitales de Orlando, su sufrimiento se reenmarcó como el sufrimiento de un país, un país que de nuevo había sido la víctima inocente de terroristas islámicos que nos odiaban por nuestra libertad. Dejando de lado que Mateen había nacido y crecido en Estados Unidos, y por lo tanto su terrorismo hubiera sido contra su propio estado, los medios empezaron de inmediato a cuestionar sus posibles relaciones con ISIS, relaciones que jamás se constataron pero que sin embargo llegaron a parecerse a la verdad. En su defensa, los conocidos de la familia Mateen describieron la familia como “all-american”, musulmanes moderados.

            Los Mateen se vieron obligados a distanciarse de su propia fe y etnia por miedo de dar a entender que todos los musulmanes o aghanis son terroristas. Aunque se podría argumentar que ha habido un clima de islamofobia fuerte en Estados Unidos desde los atentados del 11 de septiembre, la campaña presidencial de Donald Trump ha empeorado sin duda esta situación, llamando hace un par de meses a que se registraran todos los musulmanes del país, y que no se dejara entrar a un ningún inmigrante musulmán más. El mismo Trump también ha propuesto construir un muro entre México y Estados Unidos para poner fin a la inmigración no deseada de personas de América Latina. Dado este clima xenofóbico, ¿cómo sería posible a la vez vivificar al terrorista musulman—enemigo del estado de por sí—y llorar las muertes de casi 50 personas de origen latino—también supuestos infiltrados del sueño americano? Aquí vemos como la raza y la etnia en Estados Unidos solo se destacan cuando sirven para demonizar a alguien. La etnia y religión del asesino se convierten en sus únicos rasgos inteligibles, mietras que a lxs muertxs latinxs se les borra su origen étnico de inmediato. Esto porque para los estadounidenses, no nos sería posible llorar la muerte latina, porque de ser posible nunca pararíamos. Tendríamos que llorar a los miles que mueren el la frontera cada año, y a los que viven en una pobreza inescapable provocada por el imperialismo estadounidense. Sus muertes solo se convierten en causa de luto cuando se las desarticula de sus identidades étnicas. Entiéndase, estas mismas identidades, cuando aún estaban vivas estas personas, les privaban del derecho a la ciudadanía y las mantenían siempre al margen de la sociedad. Pero esto no para aquí. Aún no podemos llorar estas muertas.

            Un cuerpo marica deslatinizado sigue siendo un cuerpo marica. Si algo nos ha enseñado la historia reciente, es que los cuerpos maricas tampoco son llorables. Si bien hemos llorado con las muertes de Daniel Zamudio o Matthew Shephard, ha sido a pesar de su homosexualidad, no por ella. Las muertes de estas dos personas se enmarcaron más bien en un fetichismo de una juventud que lo tiene todo por delante, una pérdida para ellos, pero no una pérdida para la sociedad. De no ser así, la pandemia del VIH/SIDA nos dejaría a todxs sin lágrimas de tanto llorar la muerte marica. Esto también hace resaltar el tema de la invisibilización de lxs compañerxs lesbianas, trans, bisexuales, intersex, y kuir. La pocas veces que se mencionó a la Pulse como una espacio no heterosexual, se la tildó de gay, borrando de esta historias las lesbians, lxs trans, y las travestis que estuvieron presentes, y que ahí murieron. Queda claro que la única cuerpa digna de nuestro duelo la cuerpa blanca, masculina y heteronormada, la que representa el apogeo del sueño americano, y que por ende está libre de pecado.

            Solo así, aprovechándose de las muertes en Orlando, Estados Unidos puede presentarse simultáneamente como víctima de un ataque inexplicable contra la supuesta libertad de sus ciudadanos, y como un oasis de derechos maricas sin comparación. Jasbir Puar nombró este fenómeno como “homonacionalismo.” Es decir, la reputación de un país como “desarrollado” o “progresista” está directamente vinculada con la percepción de la aceptación de la diversidad sexual. Sin embargo, esta percepción casi nunca corresponde a situación real parecida. Si bien Estados Unidos se jacta de ser una paraíso marica, pasa una cosa extraña cuando las maricas nos morimos: dejamos de ser maricas. Dejamos atrás toda identidad disidente, ya sea sexual, racial, étnica, u otra, que nos separe de la idealización del ciudadano estadounidense promedio. Para mí esta es la gran injustica de situaciones como la de Orlando; o la muerte de Daniel Zamudio; de Nicole Saavedra Bahamondes, la chica lesbiana de Limache de la que ni siquiera se ha hablado; o de Litzi Odalis Parrales, la compañera travesti a la que mataron hace poco en Matta con Santa Rosa. Estas muertes podrían servir de algo. Podrían servir como ejemplo a la sociedad de que se nos sigue matando, que se nos sigue discriminando, que se nos sigue odiando por el simple hecho de no ser como ellos. Por vivir nuestras vidas como nosotrxs queremos. Pero esta sociedad que nos ha robado casi todo, llega y a nuestrxs muertxs les roba hasta su identidad. Se convierten en armas para el estado, borrando las historias de represión homo y transfóbica que vivieron sin duda cada unx de ellxs. Mueren en nombre de un estado que no lxs representa, no lxs quiere, y que se sigue preocupando de legislar en qué baño pueden y no mear. Un estado que hacía un día lxs culpaba porque no había trabajo, por la violencia callejera, por el tráfico de drogas. Con su muerte, tácitamente, se convierten en ciudadanos promedios de Estados Unidos, que apoyaron a su gobierno, que amaron a su patria, y que vivieron la plenitud de derechos que supuestamente tenían.

            Pasa una cosa curiosa cuando nos matan a las maricas. Dejamos de existir, y nunca existimos.

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