INFLAMADAS DE RETÓRICA: HACIA UNA GEOMETRÍA DE LA POTENCIA LIQUEN por Jaime Araya

El siguiente texto fue leído por el investigador y artista Jaime Araya (Ngelay Ngelay) en el lanzamiento del libro realizado en Galería Metropolitana el 10 de Diciembre de 2016. Participaron también Daniela Catrileo, escritora feminista. Integrante del Colectivo Rangiñtulewfü. e Iván Figueroa, performer y activista Colectivo Lemebel.

argoteDiego Argote, Yo Híbrido, 2016

“no tenemos nada, pero tenemos la escritura y eso es lo que más duele”

(Jorge Díaz & Johan Mijail, Inflamadas de retórica)

Quisiera imaginarme que esta propuesta de lectura que a continuación leeré no traza una línea pensada desde la geometría pitagórica, no pretendo numerar y nombrar. Sí anhelo esbozar y compartir mis trazos, extender mis impresiones más allá de mis subjetividades y escritura; es como si la geometría me abriera un horizonte distinto que me hace entender al ser humano como otra cosa, como una línea sin plano, que da paso al síntoma de la inflamación como un trayecto en extensión, que infecta todo a su paso. Inflamadas de retórica me evoca el pensamiento archipielar, no entendido desde Glissant y su poética de lo diverso, sino más bien, lo archipielar se aproxima como un síntoma que se hace cuerpo en su orden aleatorio. El imaginario occidental dentro de los textos modernos ha necesitado de la isla para insertarnos el relato de la utopía, en el mito, en la representación. Nuestros cuerpos-islas, como Calibán o Viernes, son la parte minúscula de otros territorios a los que me gusta llamarle archipiélagos lisos. Estos cuerpos sin órganos se abren al coqueteo del mar y a toda la flora y fauna que conforma esos mares que unen nuestros cuerpos-islas, como un ordenamiento que se escapa del tiempo humano.

Ese ejercicio lo llamaré geometría, que se traza a partir de la inflamación a la que Jorge Díaz y Johan Mijail levantan en este gesto archipielar para negar lo continental como única vía posible. De inmediato me imagino esas islas desiertas de humanidad, pero repletas de la potencia no humana. Esa imagen dinámica del cuerpo-isla tiene un potencial emancipador al tomar conciencia del abandono humano. Ese gesto se entrelaza, se escribe y teje, deja de lado la nostalgia para abrirse a una viralización estratégica. Islas entrelazadas, escrituras que se desbordan para trenzar esta potencia colectiva transfeminista.

En ese devenir tejedora el cuerpo-isla deviene pensamiento textil, al ejercicio visible e invisible de tramar y anudar. El nudo surge como una estrategia, como una invitación a convertir nuestros territorios en micropolíticas. Nuestro nudo – el quipu feminista– que Jorge Díaz y Johan Mijail nos escriben en el libro, me hace evocar e invocar a Julieta Kirkwood, porque la figura del nudo nos redirecciona a imaginarnos a este como “tronco, planta, crecimiento, proyección en círculos concéntricos”, nudos envolventes y dinámicos, no congruentes, mutantes, transitorios. Estos nudos como flujos que son parte de un movimiento vivo que se extiende al rayado, a la tachadura.

Nudos como flujos que desplazan a un coro de algas al vaivén de corrientes acuáticas, todas moviéndose y anudándose como parte de un amor vegetal, que se hace escritura y provocación, que nos invita a recorrer el archipiélago, a expandir el horizonte transpacífico y transatlántico.

2Diego Argote, Yo Híbrido, 2016

En este quipu feminista, en este nudo en el que ambos escriben, aparece un pulso que se sitúa en Los Andes como punto de encuentro y desencuentro. Los Andes como un punto del archipiélago liso en medio de un Chile estriado y neoliberal que nos intenta cooptar de la escritura. Nos quiere redireccionar la mirada, volverla recta y lineal, pero acá estamos como un coro de algas replicándonos, multiplicándonos vegetativamente, jamás reproduciéndonos. Ahí surge esta escritura que me evoca a Katari, con su cuerpo repartido como gesto profano y maravilloso. Un rebrote, un ataque viral de nuestra emancipación, una mirada inclinada y anarcobarroca.

Leemos y escribimos nuestras porfías, ahí fue donde me encontré con esta escritura promiscua de Jorge Díaz y Johan Mijail, en esa alianza de organismos y pensamientos, en ese sentir de profunda empatía y entendimiento a nuestra pena morena, porque estamos haciendo el ejercicio de insistir una y otra vez en algo, la tecno-decolonialidad, como un ensayo, como una posibilidad de esbozar una fisura a la matriz, levantarnos como palimpsesto. Nuestras biografías se vuelven líquidas e intentamos que esta política de la amistad nos haga ver un horizonte donde poder localizar nuestros cuerpos-islas, mas este archipiélago nos invita a la negricia, a mirar críticamente nuestras morenidades, nuestros procesos de desblanqueamiento como decisión política corpo-textil. El cuerpo es una extensión incluso de lo no humano que está cercano a lo otro, lo que creemos como “nuestro”. Por eso quisiera extender el “nuestro” para abrirlo a una pluralidad otra, nuestros cuerpos son una revolución viral que hace contacto con esta escritura colectiva. No puedo dejar de sentirme afectado por cada ensayo y gesto escritural, en él localizo preguntas que hemos conversado en otras ocasiones, caminando por Santiago centro, hablando sobre el río, transitando y traficándonos identidades que desconfíen de los absolutos.

Cuando se abre la escritura y el ejercicio personal a un proceso colectivo, aparecen multiplicidades que van más allá de los alcances o límites previstos. Una escritura colectiva se convierte en un ejercicio de pensamiento, en activismo, en una insistencia que se inscribe a través de la escritura, “tratando de establecer una biografía de nuestros tiempos dañados” (30) como nos señalan Jorge Díaz y Johan Mijail. El tiempo lineal como lo entendemos se desvía en el deseo del “aquí”, y es en ese lugar donde quisiera acoplarme, porque anhelo que nuestras “bacterias, hongos, virus, patógenos y residuos” se coman “la ciudad neoliberalizada” (31). Que nuestras reflexiones sean también minerales y confundan nuestras geografías morenas todas juntas en esta avalancha incendiaria. Somos un archipiélago desubicado, “tanto en el plano geográfico como en el plano identitario” (40). Una inflamación que nos invita a reflexionar sobre la posnación, sobre nuestros cruces que se pierden de la línea recta. Una inflamación como parte de un síntoma, como una intensidad que se traza en escritura: “es demasiada intensidad para un solo cuerpo” (63), por eso mismo, el valor de esta escritura colectiva es similar a la potencia de los líquenes, que en su práctica transitan entre el reino fungi y el vegetal, como parte de asociación simbiótica entre hongos y algas, que se nutren cooperativamente, una comunidad transespecie, donde la fotosíntesis es escritura.

Ante esto, Inflamadas de retórica traza una geometría que deviene liquen, pues emancipa los flujos, anhela que esta humanidad se acabe. Abrirnos a la potencia del liquen es un gesto radical que me lleva a pensar ¿cuál es esta geometría liquen que podríamos trazar en esta inflamación?

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Fotografía: Manuel Carrión

Sobre Jaime Araya:

Docente e investigador. Magíster en Literatura Chilena e Hispanoamericana, becario de la Fundación Neruda (2012), ha sido publicado en diversas antologías y revistas literarias en Chile, Argentina y México. Ha publicado el libro de poesía“Diáspora” (Ed. Simiente, México). Su línea de investigación se centra en el
estudio de la literatura, prensa y archivo del siglo XIX y XX, así como también en el estudio de la obra de Isidora Aguirre desde el feminismo radical contemporáno. Desde el año 2015, forma parte del Colectivo Araya-Carrión, realizando la investigación creativa “Prolegómenos para una Geología Política de Neltume” que se ha presentado en la Galería Metropolitana y “Neltume señala el camino” en Londres 38, espacio de memorias. Es becario del programa Beca Migrante del Museo de la Solidaridad Salvador Allende.

 

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