Tan sidosa y tan feliz

Este texto fue presentado en el conversatorio “Disidencia, VIH y sida”, actividad enmarcada en el encuentro “Tan dichosa y tan feliz. Celebrando a Hija de Perra”, realizado en la Universidad Mayor el 24 de agosto de 2016. En la mesa participaron Colectivo Lemebel, Fundación Diversa, Víctor Hugo Robles y CUDS. Encuentro organizado a dos años de la muerte de la performer travesti Hija de Perra.

Por Josecarlo Henríquez, activista CUDS

perra-blanco-2

Cuando pienso en Pokemon Go pienso en Grindr. La pandemia de VIH en Chile se mueve entre Pokemon Go y Grindr. Dicen las noticias que el virus ha regresado con las nuevas generaciones. Jovencitos infectados entre los 15 y 25 años.

Una noche estuve con 2 amigos-colegas con quienes acostumbro a tener sexo grupal. Les conté que comenzaría la celebración por nuestra Hija de Perra y vimos sus videos en YouTube. Uno de ellos no sabía de la Perra. Les gustó mucho su “Reggaetón venero” y “Vagabunda de la lujuria”. Pudimos reír de aquel constante reciclaje de venéreas.

Ni uno de los 3 superamos los 27 años. Tenemos todas las redes sociales posibles y las aplicaciones actualizadas en nuestro celular. Hemos aprendido mucho de ETS  en Google. A veces no vamos al médico y las infecciones se van sin tanto escándalo. Sólo cuando el escándalo nos imposibilita seguir follando vamos al médico. Amigos y clientes médicos nos han ayudado muchas veces con órdenes de exámenes y recetas, por suerte. Pinchazos, comida, placeres grupales y listo. Hemos aprendido a desdramatizar cada contagio. Nos gusta el bareback, así que hemos asumido los riesgos. El riesgo nos erotiza.

Hija de perra no creía en el SIDA. No tomaba el tratamiento. Se resistía a ser un “enfermo de VIH”. La sociedad nos ha patologizado siempre. La homosexualidad fue enfermedad, la transexualidad sigue siéndolo. El deseo se moraliza y nos enferman con VIH. Hija de Perra no tenía una idea descabellada sobre el virus. Sus formas para estar “bien” no tenían mucha relación con las ideas occidentales de lo “saludable”. La triterapia, todos sus retrovirales, no le parecían confiable.

La heterosexualidad se ha jactado de estar muy distante de algún protagonismo en la expansión del virus. Han podido señalar a maricones y putas como responsables inmundos de la propagación del sida. Quizás la heterosexualidad con todo su drama de trabajar para mantener una familia, una casa, la familia en esa casa, un vehículo y todos los créditos para no parecer pobre, pasan por alto lo que les fluye entre las piernas cuando se están reproduciendo. Yo nací de un bareback entre mi mamá y mi papá. Para que los heterosexuales puedan reproducirse necesitan follar a fierro pelado. Si la mujer toma pastillas anticonceptivas, el hombre puede metérselo sin condón y la esposa disfrutar esa sangre lactosa tibia y envolvente. Comprendo a las esposas cuando desean ese chorro en sus vaginas. Esos chorros también los desean sus maridos. La heterosexualidad se constituye también de hombres que pagan por beber de la leche travesti-marica a escondidas. Lo que digo es un folklore. No hablo de una práctica posmoderna. La tradición travesti-marica así lo sabe.

Nos colonizan sus virus. Ahora somos más controlables. Ellos tienen los antídotos. De tan inseguro mi cuerpo, necesito de mis colonizadores. Ellos tienen la cura de su propia enfermedad que nos han contagiado.

Habemos quienes bebemos del contagio ya no como víctimas, sino que como sujetos deseantes. Contagiarse es inherente. Respirar es contagiarse. Hay contagios que podrían evitarse según los humanos. Puede ser. Pero la disciplina del auto-cuidado sólo es muy efectiva en la teoría. Conozco cuerpos contagiados que usaban condón siempre y se contagiaron la única vez que no lo usaron. Otros que tragan sangre lactosa como terneritos sedientos y sus exámenes no identifican VIH. He sabido de prácticas que glorifican el virus. Cazadores del “bicho” y proveedores de él. Hay estudios, investigaciones que demuestran otras formas de vivir el contagio. Los cazadores del “bicho”, el bareback son cosas que he aprendido por Internet, prácticas del norte del mundo que por la red global de la pornografía gay se han diseminado a este sur del sur.

No todxs tenemos miedo de contagiarnos. Y no hablo solo del mítico VIH. El flujo liberado arrastra cientos de ficciones víricas. Una vez mi hermana me dijo que prefería contagiarse todos los virus posibles antes de quedar preñada de un feto. No usa condón desde que comenzó a follar y agradece al caos tener imposibilidad de reproducirse. Somos las más contagiadas de la familia. Es que nos fugamos de ese nido sobreprotector muy jóvenes a vivir el mundo. Vivir el mundo es un contagio constante. Ahora mismo estoy contagiándolxs y deseo que ustedes me contagien. Quiéranlo o no, terminaremos contagiándonos siempre hasta que ya no quede cuerpo.

Mi primer herpes me lo contagió mi mamá. Ella siempre tiene herpes en la boca. Es muy nerviosa y el colapso del sistema nervioso baja las defensas del cuerpo. Yo era muy pequeño y me besó la boca y me contagió y hasta el día de hoy me brota el herpes cuando tengo bajas las defensas. Como también he sido nervioso desde pequeño, he sufrido bajas de defensas cada cierto tiempo. A mi mamá y a mí nos brota frecuentemente.

Un capitalismo pornográfico sabe sacar provecho de las ETS. Nos hipersexualizan, pero nos advierten que la promiscuidad sin condón puede ser mortal. Re-leyendo a Lemebel (´Loco afán: crónicas de sidario) he aprendido del SIDA en los ochenta y sus campañas noventeras, la tragedia inevitable, ese destino mortal mucho más inminente. Sobre todo ese destino mortal es lo que me llama la atención del SIDA en las crónicas de Lemebel. En esta época farmacopornografica, la inminencia de ese destino mortal de un cuerpo contagiado es tan cierta pero a la vez tan incierta como para cualquier otro cuerpo. La evidencia del mecanismo farmacológico, la ficción del “cuerpo sano” y las lógicas capitalistas dejan entrever el perverso equilibrio neoliberal que se intenciona con las enfermedades y sus antídotos. ¿Podríamos reivindicar al cuerpo contagiado que decide resistirse a la intervención de la medicina occidental?

Yo celebro con todas ustedes a Hija de Perra. Celebro su monstruosidad, porque parte de esa monstruosidad que nos inspira tiene que ver con esa forma de entregarse a la muerte. Este occidentalismo nos ha enseñado con su dramático cristianismo que la muerte es un castigo. Adán y Eva antes del pecado original serían inmortales. La metáfora de la muerte como castigo nos configura hasta hoy. No estoy idealizando la autodestrucción ni el suicidio –pero podría reivindicarlo en muchas ocasiones-. Estoy reivindicando una resistencia o, al menos, leyendo así el destino mortal inminente de un cuerpo contagiado en tiempos de pandemia y redes sociales.

Los condones son caros pero el Iphone también. Enorgullece comprarse un Iphone. Aún la familia castiga cuando sorprende a sus niños con condones en la mochila. Pero también hay niños que prefieren la sangre lactosa y se entregan al contagio. El contagio ya no es algo desconocido. Somos la generación post-sida. Nos medican por cualquier “anomalía”, reapropiarse de las píldoras también es una resistencia y exigirle al Estado las mejorías de su sistema de salud mediocre con cuerpos contagiados me parece muy importante en un contexto de plusvalía gay, con toda la Diversidad Sexual demandando matrimonio homosexual como principal causa de la bandera multicolor. Pero tampoco nos interesa el Estado. Tan sólo la entrega de píldoras por algún organismo que no privatice las terapias y no nos cobre por reemplazar nuestro sistema inmune fracturado. El contrabando fue una forma de salvarse algunos cuerpos contagiados de la inminencia demasiado cercada de ese destino mortal de la época. La pandemia en dictadura sólo puede diferenciarse de la pandemia en tiempos de redes sociales por su grado de fatalidad. La trampa sigue siendo la misma.

No es novedoso para un cuerpo no-heterosexual estar más cerca de la muerte. En todo caso, el SIDA ya no se lleva manadas de locas, pero la violencia heterosexual sí.

Quizás de tanto odio nos hemos construido una forma “oscura” de gozar nuestro cuerpo. Insisten en patologizar a quienes no tememos al contagio. Quizás de tanto que nos han adoctrinado bajo el asco, los golpes, asesinatos, escupos, piedras, padres que te echan de la casa por rara, machitos que te humillan hasta tatuarte hematomas, nos hemos constituido como una “raza sospechosa” para ese futuro saludable de la heterosexualidad. La muerte nos angustia menos. El humor travesti-marica me ha enseñado a desmontar la narrativa de fatalidad asociada a todo cuerpo no-heterosexual en este trozo del mundo. Emancipar la lágrima sería emanciparse como cuerpo contagiado.

No es ser pro-muerte ni mucho menos pro-vida. Las dicotomías son tan poco estimulantes. Es, quizás, situar nuestro deseo disidente de reivindicar otros cuerpos que se generan bajo estas mutaciones contemporáneas del sistema. Es otro el virus en tiempos de plusvalía gay.

Es imposible tener una sola postura en medio de distintas formas de sobrevivir. Quizás la postura que tome sea situacional y vaya variando según los distintos contextos que se vayan dando. Pero también hay situaciones de precariedad y nos han jodido tanto. Entonces también hay gente que toma sus medicamentos porque no les queda de otra. No tengo una postura única ni quiero tenerla.

Si tuviéramos mejor educación, mejor información, podríamos desafiar con mejores armas la medicina occidental. Pero nos desarman. Nos quitan toda otra posibilidad. Nos han quitado siglos de otras medicinas. Nuestros cuerpos parecen programados para morir bajo ciertas circunstancias dadas por el sistema. Un cuerpo inmunodeficiente es el cuerpo perfecto para ser colonizado. Se supone que un cuerpo inseguro no es un cuerpo resistente. Sin embargo, siempre podrá haber espacio de fuga. Y es muy probable que más de un cuerpo inseguro se logre emancipar de esa inmovilidad esperable del “enfermo crónico”. Para mí, la disidencia sexual, nuestro transfeminismo local podría ser ese espacio de fuga colectiva y politizada.

No se trata de que todos los cuerpos contagiados estemos de acuerdo. No vamos a homogenizar las posturas frente al virus. Pero no podemos seguir hablando de Hija de Perra como una víctima más del VIH. No porque estemos de acuerdo con su incredulidad, sino por ética de manada disidente. Es la disidencia en su incredulidad lo que vale ser contado. Aunque otros esperemos algún tratamiento. Cuando pienso en esto pienso en lo político de nuestro fracaso. Después de todo, lo que menos hay acá es esperanza ni futuro. Este país seguirá peor y el sistema se las arregla sin mucho esfuerzo para seguir ganando. No nos interesa ganar, quizás sí contagiar tanta humanidad heterosexual que se jacta de un cuerpo sano y seguro.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s