Me grita Masisi, por Johan Mijail

Escribo aquí un texto mientras intento no enfermarme, aunque me duele todo este cuerpo de hombre que no me gusta, que no nos contiene, esta forma humana que en su imposibilidad todavía no puede experimentar procesos fotosintéticos, la simbiosis que propone el amor vegetal.

Johan Mijail

 Escritor y performer de la República Dominicana. Vive y trabaja en Chile

 

Fotografía: Charo Oquet

 

Escribí este texto guardando mis libros, mi altar y mi ropa en cajas y maletas. Acudiendo a un nuevo tránsito, a un cambio, al ejercicio de una migración, asumiendo la consecuencia de estar desde hace cuatro años mirando hacia el sur, hacia el fin del mundo, para perderme en el sentido más político. De poner un cuerpo extranjero ante la idea normativa del estado nacional y a la patria en un contexto cultural que se han construido desde el régimen heterosexual, donde además, se miran así mismo como blancos. Intentando ocultar con dinero, con cosas compradas a crédito la pena morena. Intentando ocultar sus rostros angulosos, su olor a sudor: la catinga del mestizo. Escribo aquí un texto que acude al gesto feminista de la biografía política para incentivar una ficción pensando que lo que vivimos nosotras es a su vez la articulación de ese espacio y ese tiempo que no tenemos, porque nosotras no tenemos un espacio, nosotras no tenemos un tiempo. Escribo aquí un texto cimarrón que intenta fugarse de las políticas hegemónicas que promueven una idea de legalidad, del poder desplazarse, aparecer en el espacio público: en la calle, en una ciudad que no es la misma donde uno nació. Políticas hegemónicas que, constantemente, están reproduciendo las geometrías coloniales, el odio a lo foráneo.

 

Este texto está buscando el color, los matices, ejercitando una letra que se constituye en el error, insisto: en el desplazamiento de los órdenes del sentido común, de la línea recta que sustenta la arquitectura heterosocial. Una escritura que se compromete con un feminismo minoritario que desde su insolencia ve en la letra una tecnología de subjetivación. Buscando desdibujar la vida material en las ficciones de los textos.

 

Escribo aquí un texto mientras intento no enfermarme, aunque me duele todo este cuerpo de hombre que no me gusta, que no nos contiene, esta forma humana que en su imposibilidad todavía no puede experimentar procesos fotosintéticos, la simbiosis que propone el amor vegetal. Escribo aquí un texto que busca desligarse de la naturalización de una serie de discursos e imágenes que proyectan únicamente en su horizonte las lógicas del binarismo sexual y de la diferencia entre homosexualidad y heterosexualidad promoviendo los efectos de la sumisión de un cuerpo a un proceso de industrialización de la reproducción sexual.

 

*

 

Voy donde Enrique y me acuesto en el suelo. Ahí siento que el cuerpo que habito es también un proyecto independiente en ese espacio, siento que este cuerpo no es mío. Voy y me acuesto en el suelo y dormitando pienso en el nomadismo de los cuerpos espectrales que también me acompañan y se acuestan ahí: pienso en África, en la historia del sujeto no blanco esclavizado, sacado por la fuerza de su sitio. Pienso en esta decisión “tan consciente” de mi migración geográfica y de género como su antagonismo. Pienso en todas las tardes en Santo Domingo cuando nos acostábamos en el suelo para dormir una siesta, para pasar el calor. Tirada ahí, me toco, para descubrir que no hay nada a mí al rededor. Que ese cuerpo debajo de una sábana no es mío, y que el tiempo que ocurre hasta el amanecer quiebra la idea de la repetición, de la reproducción sexual. Me despierto en la madrugada, pero no abro los ojos, dejo que mi espalda, tirada ahí, haga lo suyo, que me diga que lo que siento, tumbada en el suelo de manera horizontal se llama resistencia, episteme. Pienso en mami dándome te de hojas de guanábana para calmarme.

 

 

**

 

Camino por el centro de Santiago sin lavarme pelo. Me desplazo junto y alejado del frenesí del ritmo masculino. Camino frente a los edificios donde la arquitectura neoliberal instala su dinámica. Miro a la gente, pienso en una canción, en este cimarronaje sexual y post-identitario. Voy caminando por el centro de Santiago inventándome un mundo sodomita. Ahí entro en mí, pienso en los altares que nunca he dejado atrás, también en mis amigos y los textos que me hacen revolucionar. Me veo, raramente, en los tígueres que se visten con esa ropa del Colo-Colo, porque ni ellos ni yo, somos de aquí¹.

 

***

 

Camino y me gritan recordándome que se me nota: “Masisi”, me grita un hombre chileno en la avenida Portugal. Vestido de obrero, de trabajador de la construcción, me grita desde un vehículo: “Masisi”, que en creole, en criollo haitiano es maricón, maricón me grita, camino hacia una biblioteca a leer, rapidísimo, camino y él me grita “Masisi” porque de seguro en su espacio de trabajo, de hombre trabajador, ese hombre que llena de orgullo a la izquierda masculina comparte su espacio laboral con haitianos que le enseñan la homofobia en su idioma, ahora en creole, me grita “Masisi”, maricón. Activando sin saber la compleja relación entre raza y homosexualidad. Intenta ofenderme diciéndome maricón, de ofenderme a mí a mis amigas, a todas nos intenta hacer daño: racismo y homofobia. “Masisi”, me grita. ¿Qué sabrá él de Haití? me pregunto, ¿Qué sabrá él de mí? Se da la casualidad, de que camino, rapidísimo a la biblioteca, para leer sobre vudú, santería, sobre las potencias yoruba, intenta ofenderme en haitiano diciéndome “Masisi”. Como una haitiana me vio, parece, y me dijo “Masisi”.


 

 

(Este texto se leyó originalmente el miércoles 15 de marzo en el conversatorio “Carnal: discursividades del acoso al deseo” en el Museo de la Memoria y de los Derechos Humanos. En la misma instancia participaron, también, la filosofa feminista Alejandra Castillo y la escritura mapuche Daniela Catrileo. Moderó María José Guerrero del Observatorio contra el acoso callejero).

¹ Inflamadas de retórica: escrituras promiscuas para una tecno-decolonialidad. Jorge Díaz y Johan Mijail, Editorial Desbordes (Santiago, 2016), pág. 29.

 

 

Fotografía: Diego Argote

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