Mujeres pilosas y otras peludas. Sobre el libro “Patrimonio Sexual” por Daniela Cápona

_DSC9893En este comentario de libro Daniela Cápona propone una lectura que la lleva a recordar los cuerpos de las mujeres peludas exhibidas en los circos. Todo esto a partir del libro escrito por Cristeva Cabello y recientemente editado de forma independiente por Trío Editorial. Daniela Cápona es filóloga y activista del Colectivo Utópico de Disidencia Sexual (CUDS), participó en la presentación del libro “Patrimonio Sexual. Crónica de un circo transformista para una arqueología de la disidencia sexual” realizado el 17 de agosto en el Museo de la Solidaridad Salvador Allende.

Patrimonio sexual es un libro raro, es tan pequeño que parece un objeto de colección, un objeto liminal, ya que en tanto libro aparenta ese status de objeto del mercado de la cultura que todo libro parece tener. A la vez que desafía de varias maneras la inscripción en el circuito hegemónico de la circulación de los saberes.

Un libro rosado, con una hermosa foto flúor de autoría de Zaida González en la tapa. Un libro realmente de bolsillo, de letras purpuras que se asemejan al color morado de la reprografía artesanal de los años ochenta. Patrimonio sexual cuenta una microhistoria, un instante que se amplifica para dar paso a la mirada que reflexiona sobre aquello que, nos han enseñado, no merece demasiada reflexión.

Cristeva Cabello relata una noche de circo, y a través de este relato pone en tensión las nociones algo triunfalistas que se desprenden de las políticas de diversidad sexual de los últimos años. Esas que nos dicen que algún día con un poco de suerte todos los maricas llegaremos a ser humanos, que mediante la politización de nuestros discursos estamos logrando acceso a la palabra pública, al respeto y en ciertos casos a la integración (temible concepto).

En este contexto Cristeva se pregunta por el rol que cumplen en nuestra genealogía marica esos cuerpos travestis no políticos (¿no políticos? ¿no politizados?), cuerpos más bien silenciosos en la retórica del reclamo por los derechos.

Leo este libro y mi cabeza se divide en dos. Una de mis cabezas lee de corrido, y comprende. Esa parte de mí entiende en este ensayo una secuencia de preguntas estimulantes: ¿qué función cumplen estas transformistas de pueblo en nuestra historia como colectivo? ¿Somos un colectivo? ¿O solo hemos compartido la experiencia de la injuria?

¿Cómo fue que olvidamos la necesidad de esta arqueología del patrimonio sexual?, ¿cómo fue que olvidamos el patrimonio sexual de los raros?, ¿somos capaces de comprender la politicidad de una resistencia que se traduce solo en cuerpo? ¿En cosmética, en artificio?

Nosotros que contamos con escaleras teóricas para defender nuestras existencias ¿somos capaces de entender el significado de un cuerpo travestido como testimonio de una radical resistencia al exterminio? Recordemos los testimonios de las travestis de Talca en La manzana de Adán de Claudia Donoso y Paz Errázuriz, que nos explicaron esto hace casi 30 años.

Resulta clave la pregunta que Cristeva plantea para encabezar el último apartado del ensayo: ¿Acaso todo patrimonio es heterosexual? Si no es así, ¿por qué el pesado olvido sobre esos cuerpos, que contra todo pronóstico siguen resistiendo a base de presente y de presencia en los pliegues de la actual cruzada por la integración?

No quisiera seguir por este línea: sería ocioso tratar de decir cosas inteligentes sobre este libro; a mi juicio, nada puedo decir que sea más elocuente y estimulante que lo que el mismo libro nos da.

Mi otra cabeza lee estas letras letras púrpuras y se va lejos hacia otros circos, otros espectáculos más antiguos en los que toda clase de seres extraños, monstruos y portentos se exhibían y eran exhibidos a cambio de algunas monedas.

En alguno de estos escenarios, jaulas y tablados estuvo Julia Pastrana: “Mujer barbuda y pilosa”, “La mujer más fea del mundo”, también llamada “La indescriptible”. Esta mujer mexicana, cantaba y bailaba en espectáculos de variedades pero su real atractivo para el público de la época era su cuerpo cubierto de pelos de pies a cabeza. Julia aparecía en escena ataviada de adornados vestidos que exacerbaban su feminidad, mostraba su escote prominente, y se portaba encantadora y dulce en su espectáculo. Todo esto, según la crónica de la época, presentaba un especial contraste con su aspecto simiesco. Presentada como híbrido asombroso entre humano y animal, la maravilla de Julia era juntar en sí misma esa mezcla impensable, algo así como es eslabón perdido en tiempos de Darwin, quien por cierto escribió sobre ella.

Pero los apretados corsés que apretaban su cintura nos hacen pensar en otras hibrideces imaginarias que contribuían a la fascinación de su público. La pilosidad de su cuerpo, y su abultado escote sugerían otro portento imposible, la mezcla de lo femenino y lo masculino en el mismo cuerpo, convirtiéndola en un ser umbral que desdibujaba los límites de los géneros. Y eso también era parte de su espectáculo, como en las transformistas de Pichilemu, no existía en Julia Pastrana un manifiesto político que sirviera de arquitectura teórica para su existencia, el cuerpo hacía las veces de manifiesto, y la exhibición de su anatomía, su diálogo estrecho con el mercado de las imágenes, era parte de su defensa, era resistencia en tanto le permitía sobrevivir.

Siempre terminamos citando a Butler:

El humano se concibe de forma diferente dependiendo de su raza y de la visibilidad de dicha raza, de su morfología y de la medida en que se reconoce dicha morfología , de su sexo y de la verificación perceptiva de dicho sexo. Algunos humanos son reconocidos como menos que humanos y dicha forma de reconocimiento con enmiendas no conduce a una vida viable. (Judith Butler, 2006)

En estos términos, Julia Pastrana y muchas otras mujeres pilosas (y otras peludas de todo tipo) no son reconocidas como humanas, y así sus vidas tendieron siempre a la desaparición, así mismo la presencia de sus cuerpos fue (aun sin manifiesto) un acto de resistencia. Los cuerpos de los monstruos no deben ser entendidos solo como productos de la mala fortuna (el destino quiso hacerme marica o peluda) sino, como señala Gabriel Georgi, como cajas de resonancia de los límites que cada cultura establece para su identidad. En ese sentido el cuerpo monstruoso (en tanto incomprensible, como el de la travesti –peluda o rasurada-) encarna el desacato, la identidad imposible, la desobediencia materializada.

Y Cristeva se pregunta por qué no hemos hecho esta arqueología. ¿Por qué no reconocemos en ellas a los antepasados contemporáneos de nuestra desobediencia? ¿Y cómo hacemos para combatir ese olvido?

“¿Cómo recordar aquello que insisten en decirte que no es digno de recordar?” dice Cristeva Cabello. Nuestro paisaje tercermundista permite ciertos lujos, pliegues en el tiempo que hacen convivir el progresismo con la economía premoderna del freak show travesti. En este momento nuestra ideología de género pareciera que coloniza la escuela pública. Vamos a homosexualizar a los niños y a conquistar el mundo, o al menos eso reclama últimamente la aterrorizada derecha conservadora. Al mismo tiempo, las transformistas del circo exhiben sus cuerpos como portentos imposibles solo aceptables en el show nocturno. La edad media y transmodernidad, dos tiempos en un solo momento.

Termino aquí, diciendo que esta crónica me hace pensar que en efecto vale la pena la mirada al patrimonio sexual, esa antropología de lo marica que propone Cristeva. Vale la pena mirar hacia donde podamos encontrar una genealogía de lo monstruoso, para inscribirnos también en un trama familiar de cuerpos mudos pero duros, de cuerpos puteados, golpeados y maquillados que resistieron solo con eso, con puro cuerpo.

 

Santiago de Chile, 17 de agosto de 2017

Wincy Oyarce, Paz Errázuriz, Zaida González y Diego Argote.

Un agradecimiento muy especial a las artistas que aportaron con patrimoniales capturas para el libro: Wincy Oyarce, Paz Errázuruz y Zaida González (Fotos de Lorna Rammele)

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